Cultura

Un mal pacto con el diablo

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Fausto vendió su alma al diablo y obtuvo sabiduría. Quizá el trato no fue tan favorable como esperaba el mago, pero al menos consiguió algo. Ian McCulloch parece haber seguido los pasos del alquimista de Knittlingen, lo que pasa es que Mefistófeles le ha timado -debería haber leído la novela El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, el mejor manual posible sobre los engaños del ángel caido-. Echo & the Bunnymen rozó el éxito masivo en los 80, sólo lo rozó: unos irlandeses paletos, U2, se lo robaron. En 1997, con el notable Evergreen, regresaron con una energía inesperada. Ahí firmó el de Liverpool su terrible contrato: a cambio de resurgir de sus cenizas tenían que rebajar su épica y mimetizar a unos agotados y vulgares Oasis. ¿No son Echo & the Bunnymen unos Oasis de segunda intentando recrear el repertorio de The Doors? Sí, al menos así fue anoche en el Teatro Cervantes, en su innecesaria segunda visita en dos años.

"Muchas gracias", dijo ayer McCulloch ante un público que merecía más -casi lleno estaba el teatro-, por entrega y fidelidad. Parecía que el cantante estaba más pendiente de lo que le ocurría a su Liverpool del alma -su equipo hizo poco en el derbi ante el Everton, lástima-. Echo & the Bunnymen no muestra mucho respeto a su propio pasado, porque destrozar con tanta apatía la gloriosa Seven seas no tiene perdón -es una de las joyas de su Ocean rain 1984)-. Lo de Forgiven, el cierre de Evergreen, fue incluso peor: fofa versión cantada con desgana y asesinada por unos teclados que ya no admiten ni los pasajeros de los cruceros por el Mediterráneo. Sí, Ian McCulloch puede cantar bien, aunque casi no quiera; en cambio, su teclista es una nulidad hasta en sus mejores días.

Más vivo que su compañero de fatigas está el esforzado y oscurecido Will Sergeant, uno de los mejores guitarristas de la escena británica. De la noche se salvó The cutter, el esperado cierre, y ya está. El mayor sonrojo llegó con The killing moon, donde McCulloch echó los brazos abajo porque no podía interpretarla. Y como remate, para dejar claro que es un divo sonado, el ridículo llegó con el intento de encajar Walk on the wild side, la perla pop de Lou Reed, con su propia música.

Toscos y rutinarios, los Echo & the Bunnymen de 2009 son una muy pálida sombra de lo que quisieron ser: intensos, oscuros, épicos y elegantes. Algunas de esas características las han desarrollado mejor Chris Martin y sus millonarios Coldplay, que con Viva la vida (2008) han superado a sus maestros. Mefistófeles debe de estar riéndose, quizá desde las oficinas de U2, sabiendo que ha vuelto a engañar a otro primo.

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