El Jardín de los Monos

La mosca de Giotto

  • Las moscas han representado un papel importante en el arte. No hay pintor que no haya caído en la tentación de pintar una mosca en su obra, bien para lograr un toque de realismo o como simbolismo del diablo o los malos espíritus que se le atribuían en la Baja Edad Media

  • De espías y escuchas

La mosca de Giotto.

La mosca de Giotto.

CUANDO comienza el verano y el calor aprieta vienen a hacernos compañía las inquietas, tenaces, pegajosas, molestas e impertinentes moscas. Tienen la virtud de ser tanto más molestas cuanto más aprieta el calor y arrecia el sopor de nuestra bendita siesta. A veces se hacen acompañar de otros viles dípteros, que a esa orden de insectos voladores pertenecen todos, como los moscones o moscardones y los mosquitos. De todos es conocido que a Don Antonio Machado, aunque las trataba de vulgares, le evocaban todas las cosas, en su infancia y adolescencia, en su juventud dorada, posadas en su calva infantil, sobre el juguete encantado, sobre la carta de amor y hasta en los parpados yertos de los muertos.

En fin que, aunque las reconocía como viejas voraces que ni labran como abejas ni brillan como mariposas, le evocaban todas las cosas. ¡Qué cosas, digo yo! Y a mí que lo único que me evocan, desde mi infancia, es a mi tía Fuensanta arreándoles con un matamoscas a todas aquellas que se le ponían a tiro. Recuerdo que mosca que se posaba ¡plás! No quedaba de ella más que una mancha sanguinolenta.

Otro conocido que le dedicó elogios a la mosca fue Luciano de Samósata que llegó incluso a dotarla de un alma inmortal, lo que omite Platón -dice- en su tratado del alma y la inmortalidad. Sin embargo el que mejor describe, en su caso al mosquito, poniéndole sonido susurrante a su vuelo, es Quevedo: “Tudescos moscos de los sorbos finos, caspa de las azumbres más sabrosas, que porque el fuego tiene mariposas, queréis que el mosto tenga marivinos.”

Pero no quiero ser yo quién le quite todo el crédito y consideración que merecen estos insectos aunque nos importunen las siestas veraniegas. Las moscas han representado un papel importante en el arte. No hay pintor, especialmente durante el Renacimiento, que no haya caído en la tentación de pintar una mosca en su obra, bien para lograr un toque de realismo o como simbolismo del diablo o los malos espíritus que se le atribuían a las moscas en la Baja Edad Media.

A Giorgio Vasari, arquitecto, pintor y escritor del siglo XVI, es al que debemos la acuñación del término Renacimiento. Su obra arquitectónica más importante es el Palacio de los Uffizi en Florencia, en el que se encuentra su autorretrato, pero quizá sea más conocido por su obra literaria: “Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue a nuestros tiempos”. Recoge en ella la biografía, obra, anécdotas y, en fin todo aquello que consideró de interés para el conocimiento de las bellas artes, desde el siglo XIII hasta mitad del siglo XVI, con lo que se convirtió en el primer historiador del arte. Ni que decir tiene que la obra, a más de informarnos de la vida y milagros de todos aquellos maestros, es sumamente divertida. Y entre las anécdotas que nos cuenta Vasari, hay una donde aparece, quizá por primera vez en la pintura, la mosca:

Fue Giotto un pintor y escultor del Trecento italiano muy precoz que comenzó su aprendizaje en el taller del maestro, Cimabue, el artista más prestigioso de la época. Cuenta Vasari que, en una ocasión que Cimabue estaba pintando un retrato, se ausentó del estudio un tiempo. A Giotto se le ocurrió pintar una mosca en la nariz del retratado que pintaba su maestro. Cuando volvió aquél al estudio continuó con su tarea sobre el lienzo y no hacía más que espantar la mosca, hasta que se percató de que estaba pintada. Vasari viene con esta anécdota a traer a colación la renacentista obsesión por el realismo. Esa obsesión de los clásicos está recogida en otra anécdota, esta vez contada por Plinio el Viejo (s. I d.C.). Cuenta de la rivalidad entre los pintores Zeuxis y Parrasio (s. V a.C.) por ver quién era el más realista. Cada uno hizo una obra para competir. Zeuxis pintó un muchacho con un cesto de uvas y, cuando la terminó, algunos pájaros que volaban por los alrededores acudieron para picotear las uvas. Quedó Zeuxis orgulloso de su obra. Entonces Parrasio le dijo: Bueno, pues retira el lienzo para ver mi obra. Cuando aquél fue a retirar el lienzo descubrió que el paño no era real como había creído y se dio por derrotado, ya que entendió que él había engañado a los pájaros pero Parrasio le había engañado a él. Habría que decir que ambos eran maestros del trampantojo.

Desde entonces, con Giotto, las moscas no solo están presentes en nuestra vida cotidiana todos los veranos, sino que también están en el arte pictórico en casi todos los museos. En el Retrato de un cartujo del flamenco Petrus Christus (s. XV) la mosca está pintada sobre el marco del cuadro. En la Madonna con niño (s. XV) de Carlo Crivelli la mosca está posada junto al Niño. En La Virgen de la mosca de autor desconocido que está en la Colegiata de Toro (Zamora), la mosca está en la rodilla de la Virgen. Y en Niños comiendo frutas (s. XVII) de Murillo, la moscas, aquí aparecen dos, están sobre el melón que porta uno de ellos. Y suma y sigue: Moscas, moscas, moscardones y mosquitos.

En fin, acabo para no ser tan pesado como ellas. Le deseo querido lector que las pegajosas y pertinaces moscas veraniegas le molesten tan poco como molestan las retratadas.

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