Pablo Aranda. Escritor

"Mis novelas son un Caminito del Rey a medio arreglar"

  • El malagueño presenta hoy a las 20:00 en el Palmeral de las Sorpresas su nueva obra, 'El protegido', que acaba de lanzar la editorial Malpaso

Desde La otra ciudad (2003), la obra de Pablo Aranda (Málaga, 1968) ha ocupado por derecho un lugar propio en la narrativa española, a través de títulos como El orden improbable (2004), Ucrania (Premio Málaga de Novela en 2006) y Los soldados (2013). Articulista, viajero y autor de libros para niños, a Aranda le gusta llevar a sus personajes al límite para que el lector intuya lo que hay al otro lado. Así sucede, de nuevo, en El protegido, que acaba de publicar Malpaso y que presenta hoy a las 20:00 en el Palmeral de las Sorpresas en compañía de Manuel Vilas y de su editor, Malcolm Otero.

-Llega El protegido a las librerías sellado como novela negra. ¿Qué hay de verdad en esto?

-Es cierto que hay elementos de la novela negra, pero creo que la etiqueta es innecesaria. En todo caso, me encuentro más cómodo hablando sólo de novela. Y también es verdad que hay un cambio en relación con mi trayectoria, aunque ese cambio ya se había dado en Los soldados. He reducido el cuerpo narrativo, que no literario, para darle más importancia a la acción y la intriga, que son los elementos que me apetece subrayar ahora.

-El protagonista, Jaime, conserva la perplejidad de sus mejores personajes. ¿Esa incapacidad de comprender qué sucede es su modo de hacerlos más humanos?

-Me gusta trabajar con personajes cercanos, pero más aún a través de su ausencia. Es un poco como cuando éramos niños e íbamos al colegio. A veces el maestro decía: "¿Alguien sabe lo que le pasa a Jaime, que lleva tres días sin venir?" Entonces te dabas la vuelta, mirabas el pupitre de Jaime y caías en la cuenta de que, efectivamente, no estaba allí. Es esa gente normal que pasa desapercibida, que se deja llevar, que se va adaptando como puede pero que de pronto se ve envuelta por una corriente que la acerca al desfiladero. Eso sí, prefiero que aparezca algún asidero para que mis personajes no caigan. Mis novelas son como un Caminito del Rey a medio arreglar.

-¿Admite que El protegido es su novela más cinematográfica?

-Creo que Los soldados ya era bastante cinematográfica, en parte por lo que te comentaba de la eliminación de elementos narrativos. Un amigo cineasta, César Martínez Herrada, me comentó respecto a Los soldados que si antes le había apetecido adaptar alguna novela mía, ahora parecía que le había dado el guión ya listo para el rodaje. No era ése mi objetivo, pero una cosa lleva a la otra.

-¿Responde esa eliminación del cuerpo narrativo a una cuestión de limpieza, de escrúpulo?

-No, sencillamente me sale así. Antes daba más vueltas a los temas, y ahora es como si esas vueltas quedaran reflejadas. Siempre me ha gustado, por ejemplo, dar saltos en el tiempo, pero en El protegido esos saltos aparecen ordenados dentro de una estructura más clara. Todo esto se traduce en novelas más cortas con más tramas cruzadas.

-Málaga vuelve a ser un personaje de su obra. ¿Le apetecía mostrar su versión menos turística?

-He buscado el escenario más cercano. Tenía un par de tramas que podían funcionar en cualquier contexto, pero lo bueno de elegir Málaga es que puedo despreocuparme. Sé cómo funciona, cómo respira, este trabajo ya venía hecho; así que podía invertir ese esfuerzo en otros asuntos. No creo que se trate de una Málaga marginal, pero sí más de barrio, más real. Málaga es muy atractiva para el visitante, pero los malagueños no vivimos en la calle Alcazabilla. Donde residimos la mayoría las aceras están sucias. Ahora han puesto semáforos en la Alameda de Capuchinos, y hay vecinos que están muy contentos, pero a mí me parece un fracaso: los semáforos demuestran que no hay manera de entendernos, que hay que regularlo todo para evitar accidentes. Ésa es la ciudad donde vivimos, y la que prefiero para mis novelas.

-También Torremolinos aparece como escenario desmitificado.

-Sí, aparece el Torremolinos de los inmigrantes, el menos turístico, pero también el más glamuroso y nostálgico de su edad de oro. Disfruto cuando voy a un colegio en Torremolinos y encuentro en un aula a alumnos de dieciocho nacionalidades distintas, parece todo muy enriquecedor, aunque el fondo de todo esto no está exento de conflictos. Me interesan mucho los personajes que se encuentran integrados en la sociedad pero que al mismo tiempo están un poco al margen, y Torremolinos es un territorio ideal para explorar eso.

-¿Confirma El protegido que la noción de frontera es la matriz de su obra, una idea que condiciona a todos los personajes?

-Sí, eso es. El protagonista parece al principio perfectamente integrado en su mundo, pero de pronto se encuentra desplazado al límite y comprende que en cualquier momento podría terminar al otro lado. A veces, la diferencia entre la inclusión y la exclusión es una cuestión de matices.

-En este sentido, ¿en qué medida es una novela sobre la crisis?

-No creo que sea propiamente una novela sobre la crisis, aunque desde luego el desastre está presente. Creo que siempre andamos cogidos por pinzas, era así antes de la crisis y ahora que nos ha desaparecido el colchoncito mucho más. Uno puede jugar a no darse cuenta, aunque sea como mecanismo de defensa, pero en cualquier momento se puede caer el muro. A mis personajes las pinzas le flojean cada vez más.

-A tenor de sus funciones de novelista, articulista y autor de libros para niños, ¿hay en Pablo Aranda un solo autor o el mismo nombre contiene a unos cuantos?

-Hay varios registros, y cada uno de ellos son bastante homogéneos. En los artículos de prensa predomina la inmediatez y el riesgo, lo que te obliga a mantener activadas varias alertas, aunque me gusta darles un tono juguetón. En las novelas infantiles me gusta llevar este sabor lúdico al extremo. Y, con respecto a las novelas para adultos, es un poco como cuando León Felipe decía aquello de "No he venido a cantar, podéis llevaros la guitarra". Me encierro, lo despejo todo y me siento a escribir con la firme decisión de dejar las cosas claras, como diciendo "Bien, esto era lo que quería contar".

-No obstante, hay mucho de juguetón en El protegido. Algunos episodios van tan al límite que parecen un viaje de ácido.

-Sí, es cierto. De hecho, tuve especial cuidado con la cuestión de la verosimilitud. No quería quedarme corto ni pasarme. A lo mejor los distintos Pablos Aranda se van unificando, quién sabe.

-¿Existe eso que llaman la madurez del novelista, o es mentira?

-Creo que hay cierta madurez, al menos la justa para tener seguridad a la hora de plantear hipótesis. Es necesaria una serenidad a la hora de sentar el planteamiento del juego que, imagino, viene asociada a la experiencia. Pero tampoco tengo todas las claves. Almudena Grandes dijo hace poco en Málaga que, cuando empieza a escribir una novela, no se le escapa ni Dios. Y sospecho que lo de la madurez tiene que ver con esto. Afortunadamente, los novelistas disponemos de la corrección para domesticarlo todo. Los miedos perduran, no desaparecen, pero con el paso del tiempo vas aprendiendo a controlarlos. No es como al principio, cuando temes que los miedos te bloqueen. Los riesgos existen, aunque ahora los asumes. De todas formas, sin esos riesgos, seguramente la escritura sería algo menos divertido. Es más, si desde el principio lo tuviésemos todo bien controlado, sin márgenes para lo imprevisto, no habría razón alguna para escribir.

-¿Es usted de esos escritores que disfrutan corrigiendo?

-Sí, ahora sí, pero me ha costado. Soy poco perfeccionista, y esto me ha jugado malas pasadas. Escribo rápido y me canso pronto, pero cada vez dedico más tiempo a corregir. Es más, siento que ahora me falta tiempo no tanto para escribir, sino para corregir. No me pongo a escribir sin corregir antes. Quitar un capítulo antes era un drama, ahora es un placer.

-¿Y en que lío anda metido ahora?

-Tengo un par de novelas en el cajón listas para ponerme a corregirlas, y también quiero escribir cosas nuevas. Tal vez un libro de viajes. Ya veremos.

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