Crítica | Pedro Páramo

Teatro con la boca llena de tierra

Pablo Derqui y Vicky Peña, en 'Pedro Páramo'. Pablo Derqui y Vicky Peña, en 'Pedro Páramo'.

Pablo Derqui y Vicky Peña, en 'Pedro Páramo'. / Focus

Corresponde aclarar, de entrada, que la sola intención de llevar Pedro Páramo a las tablas denota unas ganas enormes de complicarse la vida. Mucho más allá de los hechos que relata, con más o menos posibilidades de conformar un armazón dramático suficientemente afín al oído (lo que Alfredo Alcón llamaba el cuentito), Juan Rulfo sitúa su odisea en un mundo extraño donde confluyen vivos y muertos y cuya traducción a una imaginería cualquiera (también se trata de mirar, al cabo) resulta, cuanto menos, problemática. Suele decirse que la novela es un arte literario que se desarrolla en el tiempo, mientras que el teatro sucede, fundamentalmente, en el espacio; esta idea (merecedora por cierto de todos los matices: también el teatro puede entenderse, más allá de su delimitación espacial, como una confluencia de tiempos, el del espectáculo y el del espectador; pero ésa es otra historia) serviría para explicar por qué la mayor parte de las adaptaciones escénicas de las grandes novelas de la historia de la literatura suelen tener un interés artístico, cuanto menos, limitado, por no decir digno del olvido. Sin embargo, en Pedro Páramo el tiempo y el espacio siguen reglas bien distintas: ambos ejes se cruzan como coordenadas en las que el carácter accidental de los personajes queda reforzado hasta el punto de que, a ojos del lector, todos ellos pueden estar muertos, vivos o pendientes aún de nacer. Justo esta accidentalidad refuerza el poder caciquil del protagonista, que decide sobre la vida y la muerte de sus súbditos exactamente igual que el tiempo acumulado en un espacio resuelto entre los paisajes inabarcables y los microcóspicos nidos de la corrupción orgánica y espiritual. Sirva todo este rollo, con perdón, para justificar que Pedro Páramo carece de una narratividad al uso que pueda ser simplemente contada bajo unos focos. Por su condición fronteriza, cada palabra remite a diversos mundos posibles. ¿Cómo atrapar entonces en escena, de manera fidedigna, este caudal de tiempo y espacio, esta red de sentidos y figuras que se mueve entre lo cierto y lo posible con una valentía seguramente inédita desde Shakespeare?

Hay en la interpretación de Peña y Derqui una verdad áspera, dura, directa al paladar

Pues de la única forma posible: decidiendo. El gran valor de la dramaturgia de Pau Miró está en que su concreción no traiciona en ningún momento el espíritu general de la obra, precisamente porque nunca aspira a ser una sustitución de la lectura: por el contrario, acierta a la hora de trasladar al espectador a esa misma frontera entre la vida y la muerte y, como corresponde al mejor teatro, dejando las decisiones más delicadas en sus manos. Mario Gas viste la escena con recursos efectivos para delimitar la confluencia de espacios tan vastos como asfixiantes, hasta servir al público una especie de sepulcro extrañamente amplio, donde caben todos. Pero si por algo merece ser recordado este Pedro Páramo es por la calidad de sus intérpretes: Vicky Peña y Pablo Derqui ejercen de narradores al mismo tiempo que componen a los personajes principales, con una entrada en juego de registros físicos, textuales y vocales antes las que sólo cabe la rendición más absoluta. Hay en la Dorotea construida por Peña y en el cacique creado por Derqui una verdad áspera y dura, asombrosa, que va directa al paladar, sin remisión, como si ciertamente también el espectador tuviera la boca llena de tierra. Una verdad que, por cierto, sólo puede darse en esa otra casa plagada de fantasmas que es el teatro. Y qué sanador, al mismo tiempo.

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