La última guerra civil europea

Las memorias de Robert Capa, ilustradas con las fotografías que captó en el frente, parecen hechas para acompañar el vibrante relato de 'El Día D', último libro de Beevor

Mujer represaliada por colaboracionista (Chartres, 18 de agosto de 1944).
Jaime García Bernal

11 de octubre 2009 - 05:00

Lo que distingue este setenta aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial (el 10 de octubre de 1939 los panzers de la Wehrmacht desfilaban victoriosamente por las calles de Varsovia) de las anteriores conmemoraciones de 1989 y 1999, muy politizadas por la caída del muro de Berlín y la firma del tratado de la Unión Europea respectivamente, es el factor humano. Por ley natural, están desapareciendo los últimos testigos directos de la Guerra, cuadros militares, soldados, población civil, y con ellos se entierra la última posibilidad de contar la traumática experiencia de los protagonistas con la autenticidad emocionada que permanece ligada al recuerdo. La Segunda Guerra Mundial entra así, mientras se acortan los días del otoño del 2009, en los terrenos de la historia.

El panorama editorial que encontramos en las mesas de novedades de las librerías (incluso en España, país apenas afectado por la conflagración) es una caja de resonancia de las voces de estos protagonistas, o sencillamente testigos de la Guerra, que se resisten a llevarse a la tumba los recuerdos de los bombardeos, las deportaciones y las cartas recibidas desde el frente. Abundan los diarios y memorias personales, pero también nuevas interpretaciones de historiadores que aprovechan una información preciosa (muchas veces con grabadora en mano) de los últimos supervivientes. Hemos elegido dos títulos, entre un centón de trabajos, que no les decepcionarán.

El Día D del popular escritor Antony Beevor vuelve sobre el acontecimiento más veces novelado y filmado de la historia de los hechos militares de la Guerra: la batalla de Normandía. Quien crea que no puede decirse nada nuevo sobre la epopeya de los regimientos aliados en el canal de la Mancha, se sorprenderá con el impresionante relato del historiador y militar británico. El hilo conductor sigue la cronología bien conocida de los sucesos: la toma de la decisión (con las maniobras de distracción que despistaron al mando alemán en Francia), el desembarco en las playas de Cherburgo (sangriento en las arenas de Omaha), las dificultades técnicas para salvar el Muro del Atlántico como la propaganda de Goebbels llamó al sistema defensivo desplegado en la costa occidental, el papel determinante de las fuerzas aéreas aliadas hasta que la Operación Cobra rompe el frente y el contraataque de Mortain, fracaso estrepitoso que abrió el camino de la liberación de París alcanzada el 25 de agosto de 1944. La narración de Beevor es poderosa, ya lo demostró en La batalla de Creta (2002) y en un tono diferente en El misterio de Olga Chejova (2004) pero la capacidad del cronista y el pulso del reportero se equilibran, en este caso, con la inteligencia de los argumentos. El nivel de la escritura se acerca, aunque sin alcanzarlo, al espléndido Stalingrado (2000), el libro que le catapultó a la fama.

Hay dos capítulos que están por encima del resto: La batalla del bocage que se completa con El martillo y el yunque. Describen la desmoralización del ejército después del golpe moral que representó el fracaso de la toma de Caen. El avance se ralentizaba por las profundas veredas que entre imponentes setos separaban las fincas de los ganaderos. Expuestos a los francotiradores (se decía que muchos eran mujeres colaboracionistas que confiaban en el regreso de los alemanes), las bajas se multiplicaron dentro de esta auténtica ratonera. No mejor suerte corrió la población civil. Muchas aldeanas francesas, con sus maridos en el frente, habían terminado por aceptar como mal menor la cohabitación con soldados alemanes, único medio de obtener favores para sacar adelante su prole y su terruño. Soportaron el sacrificio y después tuvieron que sufrir la humillación de ser tratadas como traidoras, desfilando rapadas por la calles al son de un tambor, como en la peor pesadilla de la Francia del terror revolucionario. La incomprensión de las culturas, la confusión moral y la necesidad de la mera supervivencia (tener comida era tener poder) componen, en fin, un cuadro grisalla, alegrado ocasionalmente por un gesto valiente o compasivo.

Es el que nos retrata Robert Capa en sus memorias ilustradas, Ligeramente desenfocado, título que alude a las fotos del primer momento del desembarco que, por un error de revelado, salieron algo desvaídas. Publicado en la primavera de 1947 con críticas excelentes, e inédito hasta ahora en España, los apuntes autobiográficos de Ernest Andrei Friedman, nombre de pila del fotógrafo húngaro, arrancan del verano de 1942 cuando recibe la oferta de la revista Collier's para trasladarse a Europa a cubrir los preparativos del escuadrón de la fuerza aérea de los EEUU, y concluyen, terminada la guerra en Europa, en la primavera de 1945.

No tardaría el inquieto Robert en seguir el destino de los propios bombarderos, primero en el frente de África, más tarde en Italia donde retrata los rostros ajados de las madres que recibían la noticia de los partisanos muertos, finalmente, siguiendo a la Compañía B por los caminos de Normandía. Una noche, después de dos días deambulando con su cámara, encuentra a sus compañeros en un granero bebiendo licor de manzana en velatorio por su memoria. Lo daban por muerto. Fue la única escena que no pudo captar de una vida fugaz y auténtica, sin disfraz, ni retórica, la de miles de mujeres y hombres, los últimos testigos de la guerra civil europea.

Antony Beevor. Crítica. Barcelona, 2009. 762 páginas. 29 euros.

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