La vengadora de las mujeres | Crítica La tradición en el espejo

Virginia de Morata, Ángela Chica y Juan Antonio Hidalgo, este martes, en el Teatro Echegaray.

Virginia de Morata, Ángela Chica y Juan Antonio Hidalgo, este martes, en el Teatro Echegaray. / Marilú Báez (Málaga)

En La vengadora de las mujeres, la obra de Elena M. Sánchez, hay un único conflicto, claro y distinto, y sin embargo pasan muchas cosas. Esta paradoja, exenta de cualquier asomo de contradicción, sirve de premisa a una obra en la que la hibridación acaba alumbrando hallazgos harto felices favorables al reconocimiento de una tradición propia, lo que únicamente sucede muy de tarde en tarde. Hemos visto algunas obras contemporáneas escritas en verso, con mayor o menor fortuna; lo que sí resulta mucho menos habitual es una obra de actualidad feroz que lleve el verso común del Siglo de Oro a otra parte, con verdadera ambición de relectura y desde unas raíces que no ocultan su intención de ser ramas; lo definitivamente extraño, sin embargo, es que alguien llegue a ofrecer esa traducción de lo viejo a lo nuevo sin perder un ápice de rigor en el verso como trasunto de otra transición, la que conduce desde la cultura patriarcal del Siglo de Oro a la que late aún en el siglo XXI como heredera de aquélla. Y La vengadora de las mujeres, que toma su título de la obra homónima de Lope (aunque en ningún modo la creación de Elena M. Sánchez debe considerarse una versión ni adaptación de la misma) ofrece, justamente, todo esto: una maquinaria dramática en la que la evolución de la tradición artística del teatro en verso corre en paralelo a la evolución social que ha sabido encontrar nuevos disfraces a la violencia machista manteniendo intacta su esencia en los últimos cuatrocientos años. El texto es una verdadera obra de ingeniería que toma fragmentos en verso de Calderón, Tirso, Rojas Zorrilla y el propio Lope a la vez que traduce al verso actas de recientes juicios reales en virtud de un monumental trabajo de documentación y, digamos, destilación del lenguaje, con resultados asombrosos. Elena M. Sánchez reúne estos ingredientes en un juicio al machismo cuya sentencia queda en manos del espectador, convertido en jurado; para entonces, sin embargo, el mismo espectador ha tenido ocasiones de sobra para cumplir bien su función: La vengadora de las mujeres planta ante sus narices un espejo en el que lo que se dice y cómo se dice aspira siempre a la mayor verdad. Sin renunciar a la emoción como objetivo esencial.

Bajo una escenografía de impacto, en la que las trampas que la Historia ha tejido en torno a la violencia machista se van desplegando sobre un muro kafkiano, José Carlos Cuevas firma una dirección que opta, sabiamente, por dejar hablar al texto y que descansa en la interpretación como principal recurso para conducir bien puerto la traducción esencial de la obra, sin mostrar más de lo necesario y con una acertada dosificación de los recursos. El reparto cumple de sobra con el difícil cometido que el reto entraña: Ángela Chica ofrece un festival de interpretación, soberana en el verso, al límite de los sentidos siempre, generosa en la corporeización de distintos personajes y dueña de una técnica depurada y clara tanto al decir el verso como a cantar las coplas con las que esa misma tradición encuentra un puente inestimable desde el Siglo de Oro hasta el presente (el trabajo de la actriz es de los que se recuerdan siempre). Juan Antonio Hidalgo se crece en una misión harto complicada y se luce a la hora de poner en juego sus registros plenamente teatrales, perfecto en la dicción, capaz de significar en cada gesto, tremendo a la hora de dar un brillo nuevo al oficio. Virginia de Morata asume el papel protagonista en una construcción marcada, con todo el acierto, por la contención, en afortunado contraste con el monólogo final, electrizante, directo a la médula, en el que lo obvio no es redundante. No era nada fácil armar el reparto perfecto para una obra tan compleja como La vengadora de las mujeres. Y se ha logrado con creces.

Así que tanto por su contenido como su oportunidad histórica y política, así como por las emociones que desata, esta Vengadora merece ser vista por todos. Pocas veces ha tenido tanto sentido hacer de la tradición razón de hoy.

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