El dilema del mediano

31 de enero 2026 - 03:10

De colegiales, muchos hacíamos judo. Los buenos eran más bien de escasa altura, pero fuertes, y por lo general bravos. Eran más técnicos que los grandullones. Soy seguidor de Shohei Ono, gran campeón del peso ligero, cuyo límite es 73 kilos. Los deportes de lucha dividen sus categorías en función del peso. En equivalencia de nivel competitivo, un ligero nunca ganará a un pesado.

Vi en un combate de exhibición cómo mi héroe japonés sucumbía con un mastodonte. Un gato montés contra un gorila de espalda plateada: si ambos son figuras, gana el grande. Otro tanto cabe decir del boxeo, con permiso de Cassius Clay, Mohamed Alí, cuya excepcional clase de piernas, rapidez y precisión de pegada con ambas manos, dominio de las cuerdas y aguante de los golpes de contrincantes mucho más fuertes lo simbolizan como el más grande, siendo él de natural semipesado. Pero Alí es único. El tamaño es poder.

Del tatami y el ring, a la empresa. Hay pequeños irresistibles, y hay grandes imbatibles. ¿Qué decir de los medianos? Hablamos del dilema clásico de crecer o morir de las compañías atrapadas a la mitad. Carentes de las ventajas financieras, institucionales y de negociación de las grandes; y, a la vez, con costes de salida y operativos mayores que las pequeñas. Una pupila llevan arriba, y la otra en el andar: a menudo, con una visión extraviada entre el estar y el ir. La tentación de imitar a las grandes, sin tener su potencia, y careciendo de la agilidad de las pequeñas posicionadas, las somete a un continuo compromiso (gobernar a una empresa grande es más fácil que a una mediana: no me cabe duda).

Todo lo dicho, “permaneciendo constantes el resto de factores”: su competencia organizacional y tecnológica, la coherencia entre sus unidades de negocio, la madurez de su sector, el capital humano, su estructura societaria, las alianzas con la competencia o la influencia en su atmósfera política. Sobre todo, el control del riesgo, donde la liquidez puede engullir la solvencia: al final y al principio, es la tesorería. Siendo así para todas, las empresas que se ven abocadas a crecer sufren un mayor estrés financiero que los pesos pesados y que los ligeros.

Shohei Ono no podía vencer a un peso pesado; en ligeros, era imbatible. Clay era un semi metido a pesado que fulminó a bestias con más kilotones de pegada (Foreman, Frazier). Pero Alí hubo uno. En el peso medio, la clave es asegurar el agua: la banca cercana (que será lejana si tu caída no le importa). Una opción razonable para las empresas medianas es aprovechar el boom de los fondos de inversión, cuya captación en 2025 ha supuesto un récord histórico en España (31.800 millones). El dinero en el planeta es excedentario, y busca negocio. Mostrar inversiones ad hoc capacidad, oficio y cierta seguridad es una opción para crecer. A cambio, deben prometer rentabilidad al inversor que no sabe cómo es tu cara. No quiere acciones: quiere empresas capaces de proponer y hacer. Medianas fiables, a quienes exprimir desde lejos. (Como cuando los bancos te hacían la faena... porque “es que esto me viene de Madrid”).

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