Permítanme la broma, pero cuando se establecieron los baremos para conceder las ayudas a la producción, al encontrarse con semejante proyecto de '20.000 especies de abejas', los estadillos colapsaron. Ópera prima, primera película de una directora, rodada en parte en euskera, desarrollada en un mundo rural, centrada en las relaciones de una madre y una niña, pero ojo, de una niña trans. Diversidad. Temática de género. Bingo.

No vamos a olvidar el zumbido de estas abejas porque, biznagas mediante, se escuchará hasta los Goya de 2024. Nos preguntamos hasta dónde alcanzarán estas modas, sobre las que no tenemos nada en contra, pero que como todo lo que se repite, cansan. Me pregunto cuándo pasaremos página y en las ayudas a la producción dejará de primar la discriminación positiva. Sería señal de que hemos avanzado muchísimo.

Porque vamos a ver, ¿cuántas de estas directoras y directores de primeras películas que por decenas estrenan cada año (más de cuarenta cada temporada) se mantendrán en activo dentro de tres décadas? ¿A quiénes se recordará en 2066? ¿A quiénes se les recuerda, de hecho, de los que pasaron por Málaga con su primera película bajo el brazo por las cinco ediciones fundacionales del Festival de Málaga? Y alguno tan valioso como Miguel Albaladejo se tuvo que refugiar en la televisión, y no precisamente de autor, aunque ese sería otro debate que supera esta columna.

En definitiva, ¿cuántos serán capaces de estrenar una doce de títulos del calado de los que nos ha ofrecido, por ejemplo, Isabel Coixet, ofreciéndonos a la vez una carrera de articulista en prensa tan valiosa e inteligente? Como espectador diletante, ya me conformaría con que quedasen un par de nombres con semejante calidad en cada cosecha.

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