Café para todos

Café para las regiones reivindicativas y aguarrichi para el resto habría zanjado la deriva de las autonomías

Parecía un happening o una instalación. El Gobierno abrió la Conferencia de Presidentes autonómicos ofreciéndoles un café. ¡A todos! Habida cuenta de que los de Cataluña y del País Vasco le habían honrado con su ausencia, quedaba aún más artístico y efectista. Traía a la mente de inmediato la gran cuestión de fondo de estos casi cuarenta años triunfales de Estado de las Autonomías. ¿Se acertó al ofrecer "café para todos"?

Abundan los que creen que constituyó el pecado original de nuestra democracia. Alguien tan listo como Manuel Arias Maldonado lo decía hace poco: "¿Qué hicimos mal? Quizá el café para todos, porque se crearon identidades regionales donde no existían y se privó a los nacionalismos históricos del reconocimiento exclusivo que reclamaban". Como andaluces, la cuestión nos atañe más, porque fue Andalucía, haciendo honor a su fama de rumbosa, la que impuso el sistema autonómico simétrico y la que, a lo largo de los años, ha ejercido de garante.

Café para las regiones reivindicativas y aguarrichi para el resto habría zanjado probablemente la deriva de nuestro Estado de las Autonomías. Ahora, como unos quieren ser más y otros no quieren ser menos, hemos entrado en un círculo (centrífugo) vicioso y vertiginoso, como el perrito que trata de morderse la cola. A falta de ver cómo acaba, creo que el café para todos no fue, contra todas las apariencias, una mala salida. Resultó una forma (un tanto salomónica) de defender la igualdad de los españoles y la unidad de la nación sin mentar a los españoles y sin defender la nación, que eso estaba muy mal visto. Sin lugar a dudas, ha demostrado cuánto de artificial hay en la creación de todos los hechos diferenciales y cuánto tenía de capricho de adolescente mimado tanta ansia por ser distinto a toda costa. Como regla general, creo que conviene no ceder ni a los caprichos de la vanidad ni a los artificios identitarios.

Claro que, a fuerza de tirar cafés para todos, la máquina del Estado está exangüe. A lo mejor ahora toca, como indica el clamor por una armonización fiscal entre todas las regiones o un sistema de financiación reequilibrado, ahora toca bajar las dosis de cafeína. Algunos están de los nervios. "Descafeinado para todos" podría ser, tal vez, el eslogan de los próximos cuarenta años. No me extraña que los presidentes de Cataluña y del País Vasco prefiriesen no acudir a la invitación (¡a café!) del Gobierno.

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