Lo vi, lo vi con mis propios ojos. Celia Villalobos, concursante de MasterChef Celebrity, lloraba, emocionada, ante las cámaras, ante toda España: "Los políticos tenemos un handicap, generamos desconfianza. Como me han dado tantas hostias en la vida, las tengo muy clavás. Tengo miedo a la crítica dura y lo tendré que superar. Por eso estoy aquí: quiero empezar a vivir". Como espectáculo, desde luego, la jugada resultó impagable: ahí teníamos a Celia Villalobos, a la que habíamos visto poner a su chófer a los pies de los caballos porque no estaba donde tenía que estar a la hora señalada, convertida en un ser de carne y hueso, frágil, achuchable, digno de la más cálida compasión. Al menos desde Pericles, la devolución de los gobernantes al cotidiano vulgo, su descendimiento desde las esferas intocables, su revelación como personas de inquietudes similares a la de cualquier contribuyente, ha entrañado una operación altamente rentable; primero, para la propia clase política, incómoda con su papelón de jefazo no necesariamente en regímenes democráticos; pero también, y en no menor grado, para quienes, como es el caso, han sabido hacer de este despojamiento justamente un espectáculo de masas. Por más que Villalobos jugara siempre a estar del lado del pueblo, a patearse las calles y los barrios, a hablar el lenguaje de los patios de vecinos y codearse a gusto con los tenderos, todos sabíamos que no, que su liga era otra, por más que aquella condescendencia disfrazada de populismo primario le saliera a pedir de boca. Así que la idea de una Celia Villalobos dispuesta a empezar de nuevo, a aprender a vivir, a dedicar tiempo a su familia, a ser una más en la cola del cajero, lejos de los rigores de la política, es en verdad conmovedora y reconfortante. Que para dejarlo claro haya decidido ir a MasterChef, bueno, es cosa suya: una solución más discreta le habría prodigado exactamente los mismos beneficios que anda buscando, aunque nos habría privado del espectáculo. Ya que no hay pan, haya circo.

Que a Celia Villalobos le da igual lo que diga Aznar también lo sabíamos. Su descripción de los días posteriores a su salida de la política, en los que nadie la llamaba por teléfono y nadie iba a recogerla, favorecían el nudo en la garganta. Pero, si se trata de empezar a vivir como una más, no está mal para empezar. Es cierto que los políticos generan con relativa facilidad desconfianza entre la gente, pero también lo es que la gente entraña para los políticos, en demasiadas ocasiones, una mera cuestión de aprovechamiento: los ciudadanos, al igual que los medios de comunicación, las empresas, la cultura y prácticamente cualquier manifestación humana son tenidos en cuenta por la política únicamente en la medida en que sirvan a los intereses. Ojalá entonces que las lágrimas de Celia Villalobos hagan pensar a los ciudadanos, pero también a los políticos. Aquí hostias nos llevamos todos, pero lo de empezar de nuevo sólo está al alcance de unos pocos.

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