No resulta fácil entender las razones por las que el gobierno ha impedido la presencia del Rey en Barcelona, para presidir en la Escuela Judicial la entrega de títulos a los nuevos jueces. Que el único argumento sea que la decisión la ha tomado "quien corresponde", sólo confirma su inexplicabilidad. Admito la posibilidad de que se esté criticando injustamente al gobierno y que existan razones de peso para explicar lo ocurrido. Algo que permita entender porqué se ha metido en un jardín en el que inevitablemente chocaría con la Jefatura del Estado y el Poder Judicial. Además de que, al ser un asunto tan cargado de simbologías y significados, está ofreciendo un arsenal de argumentos a la oposición para disparar contra el gobierno. Se lo ha puesto fácil para relacionar la negativa a la presencia del Rey con la propuesta de la revisión de las penas de sedición y rebelión en el Código Penal y el innecesario anuncio, en el parlamento, de la tramitación de las peticiones de indulto a presos del "procés". Por muy bien explicadas y razonadas que estén estas dos últimas medidas, unidas a la primera forman un coctel explosivo.

A propósito, no sé hasta donde llegan las diferencias con Podemos respecto a si la mayoría para aprobar el presupuesto debe ser la de la investidura o una fórmula más transversal con ciudadanos. Un asunto nuclear, que va mucho más allá de una diferencia de criterios entre socios. Aunque lo lógico sería, en una situación de emergencia nacional como la que vivimos, considerar los presupuestos una cuestión de Estado y no un asunto entre partidos. Apelar sólo a la mayoría de la investidura daría mayor protagonismo a Podemos y convertiría a Iglesias en interlocutor privilegiado en la negociación. Además de obligar al PSOE a ir contra su propia naturaleza, que no es otra que la de ser un partido central de nuestro sistema político. Algo que inevitablemente ocurrirá de permanecer maniatado entre partidos a su izquierda y nacionalistas e independentistas. Sería malo para España y peor para el PSOE. Los antecedentes están ahí: la crisis de Cataluña se incubó con la pérdida del papel central que CIU tenía en el sistema político catalán. Algo parecido le ocurrió al conservadurismo británico al escorarse hacia un nacionalismo ultraconservador por temor al avance del UKIP. Conviene aclarar, que no debemos confundir centro político con la centralidad en el sistema de partidos.

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