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Decadencias

Sobre el paradigma de Roma, Watts aborda la "peligrosa idea" del declive en Occidente

Aunque se extiende a toda su dilatada historia, la fascinación por la antigua Roma tiene uno de sus principales centros de interés en la desaparición de un Imperio que por la época de su máxima expansión abarcaba todo el Mediterráneo y buena parte del mundo conocido. Desde la magna obra de Gibbon, solemos referirnos al último periodo de su existencia, en realidad prolongada por espacio de mil años en la mitad oriental, o sea la civilización de Bizancio, con la expresión acuñada en el título, Decline and Fall, que vuelve a aparecer en el reciente estudio sobre La decadencia y caída de Roma del historiador Edward J. Watts, consagrado no tanto al fenómeno como a la percepción -al uso retórico y a las implicaciones políticas- que desde la propia Antigüedad ha suscitado la "peligrosa idea" del declive en las naciones occidentales. En el título inglés original, los sustantivos aparecen precedidos de un eternal que sugiere lo recurrente de la cuestión, ya invocada cuando durante la República, dos siglos antes de la Era, los oradores lamentaban la degeneración de las instituciones y de las costumbres, que sólo podía conllevar la ruina. Fue el caso del moralista Catón, precursor en este sentido, que como bien señala Watts usó de su "maliciosa elocuencia" para respaldar su visión reaccionaria, y fue el de muchos otros que en la misma Urbe, en la Roma de Oriente o en los sucesivos imperios de las edades moderna y contemporánea no dejaron de avisar -no dejan de hacerlo sus émulos actuales- de que nos situamos al borde del abismo. Hilando fino, el historiador distingue dos maneras de enfrentar esta dialéctica entre decadencia y renovación, una destructiva, la de Sila o Augusto, y otra benéfica que a su juicio representarían Antonino Pío o León el Sabio, pero su libro es también un recorrido de la forma en que el modelo de Roma -la caída real del Imperio de Occidente- ha sido utilizado a lo largo de los siglos, siempre para defender la necesidad de regresar a un pasado virtuoso que elimine la corrupción del presente. Cuando el anterior presidente de los Estados Unidos, citado por Watts, hablaba de "volver a hacer grande a América", o cuando predice ahora el apocalipsis en el caso de que no le restituyan la máxima magistratura, no está sino acogiéndose al viejo paradigma. También lo hizo -y muy eficazmente, aunque admitiera que no había leído a Gibbon- su antecesor de los ochenta, pero entre los ejemplos aducidos por Watts nos quedamos con el estupefaciente comentario de la actriz Joan Collins ante la pandemia del sida: "Es igual que el Imperio romano. ¿Acaso no estaba el mundo entero enfermo de sífilis? Y después lo destruyó el volcán".

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