Sin maldad

Descontrol parlamentario

La práctica parlamentaria de los primeros años de la Transición era excesivamente rígida.

La práctica parlamentaria de los primeros años de la Transición era excesivamente rígida. Con un reglamento encorsetado no existía el debate del estado de la nación, (al principio ni siquiera el de investidura), la intervención de los presidentes eran voluntarias y, por lo tanto, totalmente excepcionales; y las preguntas estaban sometidas a unos plazos que las hacían perder interés y actualidad. Se pretendía llegar al comportamiento de otras cámaras de representantes europeas en las que el debate era más vivo, las cuestiones planteadas más candentes y las intervenciones de los presidentes de Gobierno más frecuentes.

Pero la realidad es capaz de arruinar el mejor de los proyectos. Y de ese formalismo excesivo y frío hemos pasado con demasiada frecuencia a trifulcas inexplicables en las que la seriedad ha desaparecido y en las que la utilidad para el ciudadano brilla por su ausencia. La sesión de control al gobierno es el máximo exponente de esta degeneración política. Un momento parlamentario de trascendente contenido se ha convertido en un verdadero concurso de descalificaciones, críticas mendaces, giros demagógicos y ocurrencias de dudoso gusto que han convertido esta sesión en un espectáculo deplorable. Son intervenciones deslavazadas, en las que lo que menos importan son las preguntas o las respuestas y lo que parece centrar el interés de los intervinientes es en demostrar su habilidad descalificatoria, su capacidad de provocar el aplauso y la risa de sus compañeros de bancada y de terminar la sesión sin que el común de los mortales haya sacado algo en claro más que lo alejado que a veces parecen estar los representantes políticos de sus representados. Pero alguien tendría que tratar de levantar el vuelo y elevar el nivel de estas actuaciones parlamentarias. Alguien tendría que asumir el riesgo de preguntar con seriedad y rigor algo importante, o al menos interesante, sin añadir descalificaciones ni ripios ni chascarrillos, aunque esto causara estupor al resto del hemiciclo o no cosechara ni aplausos ni risas. O alguien debería tener la grandeza de, sin hacer caso a las descalificaciones, críticas o exabruptos, esforzarse en responder a las preguntas con seriedad y respeto sin aprovechar el momento para criticar al que pregunta. Ciertamente alguien debe parar este despropósito que cada miércoles ocurre en el palacio de San Jerónimo y que está convirtiéndose en el espectáculo más deplorable de la política española. Y con la que está cayendo.

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