Vivimos dirección nacional del PP decidió, con su conocida lucidez estratégica, forzar la disolución de las Cortes de Castilla y León para comenzar, con tan arbitraria iniciativa, un ciclo triunfal que llevaría a Casado a la Moncloa. Pasando gloriosamente por Andalucía. Convencidos como estaban de que Madrid es España, veían el resto el país lleno de esos madrileños que creen firmemente que, gracias a Ayuso, sólo ellos gozan de libertad para tomar cañas donde quieran. Pero la realidad es que el país está compuesto de gente normal, y menos normal, y el madrileño ayusista es una fauna exclusiva sólo de Madrid. Así que, contrariamente a lo previsto por sus finos estrategas, todo le ha salido mal a Casado. Mientras deliberaba sobre el espinoso asunto de Vox o no Vox, en el gobierno de Mañueco, se lanza inesperadamente contra Ayuso, activando un escabroso asunto que puede acabar actuando como un cinturón explosivo para el propio Casado y su corte. De tal forma que, en vez del inicio de los días de gloria, tenemos la impresión de asistir al final operístico de su débil liderazgo. De ópera bufa, por supuesto. Tiene toda la pinta de que la cosa acabará mal: o con la marcha de Casado, o con un PP irremediablemente partido. Con Abascal y los suyos esperando a recoger los pedazos. Así que la ocurrencia de Mañuecos sólo ha generado malas noticias para su partido: la extrema derecha sale fortalecida, el PP en proceso de voladura sin controlar y partidos cantonalistas triunfadores en la noche electoral.

Por otra parte, los clérigos de la derecha mediática han empezado a armarse de argumentos para señalar a Pedro Sánchez como máximo responsable del ascenso de Vox. Es cierto que la xenofobia independentista, los intentos de Puigdemont de humillar a España, los homenajes a los etarras, entre otros asuntos, han activado el radicalismo nacionalista español, cuyo mayor beneficiario ha sido Abascal. Pero acusar a Sánchez de ello es como culpar a Merkel del ascenso del neonazismo en su país. Resulta muy cínico que tal acusación proceda de quienes, sin el menor pudor, califican a Vox de centroderecha y, sobre todo, de quienes gracias a sus pactos de gobierno con la extrema derecha gozan de una amplia cuota de poder territorial. Los votos y los escaños de Vox valen como el que más, pero eso no quita para que su ideario sea el propio de una fuerza preconstitucional.

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