Manuel Barea

Dios salve a los Monty Python

Un día en la vida

Esta es una era superpoblada por reaccionarios y retrógrados de toda laya que rebuznan la palabra libertad

24 de enero 2020 - 07:11

Todo lo que tiene de antipático y de burdo el mundo y todas las versiones más hirientes de la vida tiene su antídoto en el humor. Entendido éste de la forma más seria posible: reírse de cualquier cosa y porque sí, sin venir a cuento y en cualquier momento, con esa risa impostada con la que se quiere hacer alarde de alegría, de felicidad o de que se vive en Yupilandia porque la existencia es grata hasta con el más feroz de los estreñimientos, no tiene nada que ver con el humor.

El miércoles murió la madre de Brian. La madre de Brian era un hombre que fue confundido con el Mesías. Igual que éste, Brian murió en la cruz. Pero cantando. Los demás crucificados le hicieron los coros en el estribillo silbando. La madre de Brian era Terry Jones. Los reyes magos fliparon con la mujer más fea que se habían echado a la cara cuando llegaron al portal con la intención de adorar al Hijo de Dios. De ninguna de las maneras esa garrapata podía ser la Virgen María.

Y la sala de cine tronó en una sonora carcajada.

El mundo sería mucho más feo -con esa fealdad cabrona que ofrece a diario, muy distinta a la del cachondo e irreverente Jones- y la vida bastante más cicatera si él y Michael Palin y Terry Gilliam y John Cleese y Graham Chapman y Eric Idle no hubieran fundado los Monty Python. La cosa va a estar siempre jodida, no hay señales de que vaya a cambiar. Los tiempos actuales, con toda esta bronca permanente tan del gusto de un montón de estreñidos -¿alegres por estarlo?- disfrutando de una crispación que lo mismo les inflama la sesera que el esfínter, lo demuestran.

En esta estúpida era infestada por botarates que se embroncan por un pin y dominada por puks, claves de acceso, códigos de barras, videocámaras de vigilancia, el historial de navegación y el rastro del móvil y los geolocalizadores; en esta época superpoblada de reaccionarios y retrógrados de toda laya a los que resulta tan increíble como espeluznante que no se les impute el delito de apropiación indebida cada vez que rebuznan en su neolengua la palabra libertad; en estos tiempos esquivos, sólo nos queda el refugio de la noche y el whiskey en la madrugada y enchufarnos a las cuatro temporadas de Monty Python's Flying Circus para reírnos con estos británicos y volver a ratificarnos en la certeza de que, como dejó escrito Dostoyevski en Apuntes del subsuelo, "el hombre es una criatura cómica".

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