Felipe en Suresnes

Gobernar con mayoría absoluta es fácil. Ni estás obligado a pactar ni tienes que dar explicaciones a la tropa

En 2012, Spielberg recogió en la película Lincoln los esfuerzos del presidente americano para lograr la aprobación de la Decimotercera Enmienda. El director presenta esos días como un ejercicio de equilibrismo entre lograr que el Congreso rechace la esclavitud antes de que acabe la contienda y procurar que finalice antes de que retornen las matanzas por primavera. Entre contentar a quienes desean una negociación con los estados del sur y quienes no están dispuestos a sentarse a hablar cuando el fin se ve próximo. Entre los votos imposibles y los que pueden comprarse. Si prefieren la versión rosa del ejercicio del poder, pueden ver El presidente y Miss Wade, pero desde 1864 hasta nuestros días han transcurrido 156 años para que solo haya cambiado las formas de los encargados de arañar los votos que faltan.

Gobernar con mayoría absoluta es fácil. Ni estás obligado a pactar, porque te sobran votos, ni tienes que dar explicaciones a la tropa, porque eres el albacea de esos votos que han dado a tu partido la mayoría. Y entiéndase el "tu" en el sentido que indica propiedad. Felipe González debe saberlo porque disfrutó de esa posición. Como también lo hizo de la disciplina interna que llevó a Alfonso Guerra a sentenciar que "el que se mueve no sale en la foto". Diciplina cuya inobservancia ha permitido a ambos salir a la palestra hace unos días poniendo a caer de un burro al gobierno de un partido del que se sienten huérfanos. Cada uno tiene derecho a sentirse como quiere. Quizás por eso muchos militantes, que no se pondrían ni por un minuto en el pellejo de Sanchez, no reconocen al Felipe que parió al PSOE que llegó al gobierno por primera vez en la democracia, sino a un abuelo empeñado en seguir viviendo su vida a través de la de sus hijos. Como los viejos patriarcas, cuando Adriana Lastra le contestó, el replicó airado que nadie le manda callar. Nadie lo había hecho, aunque muchos hubieran deseado que estuviera en silencio. Esgrimió un argumento ad hóminen con el que presentarse dolido a la vez que como abanderado de una libertad de expresión que la diputada no le negó. Se limitó a recordarle que ahora son otros quienes tienen la responsabilidad de gobernar el país y el partido en unas circunstancias muy distintas a las que él vivió. Como bien le dijo, ella "siempre escucha a los mayores". Por eso le repitió más o menos lo mismo que él le dijo a Llopis en Suresnes.

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