Siempre me han provocado rechazo las novelas y películas ambientadas en la Guerra Civil. Sospecho que porque me da miedo que pudiera repetirse. Que te obliguen a matar a alguien de quien solo te diferencia la ideología, a un amigo, a un vecino… Uf. Es un castigo de Sísifo, pero cambiando la roca por un bloque de hielo y la cima de la montaña por la nuca. Imagino que la mayoría pensáis que no puede repetirse algo así, que estamos en pleno siglo XXI. Pero en ninguna época un ser humano nace predispuesto a un horror así.

Me voy a ahorrar mucho detalle en los paralelismos 90 años atrás, aunque últimamente no dejo de pensar en el clima prebélico que estamos creando entre todos. Hablo especialmente de la crispación. Ese ambiente de tensión es cada vez más denso. Estamos polarizando la sociedad, la manera de pensar. La bandera de todos parece pertenecer solo a un bando. Ser patriota parece un insulto. Y justo esto da repelús: hablar de bandos. No hablo solo de política o derecha, sino a la continua sensación de elección y de raya en el suelo. Porque no se ciñe a lo de facha o progre. Es que si dices no ser de uno u otro, el facha te tildará de progre, y el progre de facha. El conmigo o contra mí que ha devorado a tantos pueblos.

No nos imaginamos con armas en las manos, si bien vivimos a diario con las escopetas cargadas. Tampoco a un Tejero entrando en el Congreso a disparos. Pero, ¿acaso no convivimos a diario con golpes de estado sicológicos? Bulos en las redes incrementando el propagandista (¡cómo disfrutaría Goebbels en Twitter!), pactos oscurantistas del gobierno, opositores lanzando manifestaciones en pro de España saliendo en masa a la calle en plena pandemia poniendo en peligro a los mismos españoles que dicen defender (y que, paradójicamente, se mofaban de los catalanes que quemaban y destrozaban sus calles porque así liberaban al pueblo catalán).

Ya veis la ironía. Estábamos hartos del bipartidismo y abrimos la puerta a nuevas fuerzas que debían dinamizar el panorama y abrirnos la mente. En el fondo, lo que han hecho ha sido radicalizarnos más. Se impulsaron desde el populismo y, al llegar a la cima, no han dejado de escupir odio. Y ya tenemos servida la Champions del nacionalismo, que no deja de ser el victimismo de quien, en su incapacidad de ganar democráticamente, quiere imponer sus ideas adoctrinando y convirtiendo a todo el que no piensa igual en enemigo.

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