Sine die

Sevilla y las Atarazanas

En las Atarazanas se ve reflejada la historia de la ciudad y la huella patente de sus numerosos fracasos

Tras leer y subrayar el magnífico libro del profesor Pérez-Mallaína, llegué a la conclusión de que junto a la Catedral y el Alcázar existe un edificio, no menos importante, imprescindible para conocer la Historia de Sevilla: las Atarazanas. Si son muchos los sevillanos que no han pisado el Alcázar, y en la catedral todo lo más han paseado por sus naves sin haber entrado en la sacristía de los cálices ni asistido a la procesión de la espada el día de San Clemente, no digamos lo que puedan conocer de las Atarazanas.

Desde el siglo XIII hasta ahora, la historia y el destino de las Atarazanas Reales, porque había otras, han corrido parejos a los de la ciudad. En ellas se han visto reflejados tanto los años de opulencia, momentos de comercio en los que Sevilla era lo que se denominó la Puerta de América, como la decadencia de la Sevilla Ilustrada, Romántica e Industrial. En su piel ha quedado marcado el mal trato que este edificio, que algunos consideran como la catedral civil de Sevilla, ha sufrido desde que perdió su función primigenia de alojar en ella la pujante industria de construcción de barcos, destinados en su mayor parte a reforzar la flota que tenía como misión la defensa ante los numerosos asaltos procedentes del Estrecho de Gibraltar, hasta la actualidad.

Los sucesivos derribos que sufrió para la construcción del Hospital e Iglesia de la Santa Caridad y posteriormente de la Delegación de Hacienda, así como su utilización como almacén y oficinas militares, han hecho mella en un edificio cuya magnitud, como bien dice el profesor Pérez-Mallaína, únicamente podría ser comparable al Arsenal de Venecia. Tal era la grandiosidad de su fábrica que la ignorancia y el abandono que tanto le han afectado no han conseguido eliminar del todo su esplendor, salvo que una restauración agresiva e irrespetuosa con el pasado, cosa a la que estamos tan acostumbrados los sevillanos, le dé la puntilla definitiva y torne la belleza y la pátina dejada por los siglos en un brillerío cateto a base de cemento, acero inoxidable y, como dice el chiste, mármol del mejor, dejándola como si fuese un centro comercial del extrarradio. Tras leer el pasado domingo el informe de Juan Parejo y el artículo de José Antonio Carrizosa, no dudo que en las Atarazanas de Sevilla se ve reflejada claramente la historia de la ciudad y la huella patente de sus numerosos fracasos.

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