Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Es una triste paradoja que la España rural olvidada, llamada vaciada y mayormente mesetaria, se nos muestre en la televisión y se nos ubique geográficamente por causa de un devastador incendio, fuera de todo control. Las anécdotas son muchas veces la forma en que nos acercamos a una mínima compasión con el sufrimiento de los semejantes, y más ante las catástrofes. Es el caso de la muerte de Victoriano Antón Ratón, pastor que vivió sus 69 años en Escober de Tábara. Fíjense en los nombres, apellidos y topónimos, de resonancias visigóticas y mozárabes, que se van extinguiendo en unos lugares donde -es el caso- pueden habitar 94 personas, y algunos cientos de cabezas de ganado. Victoriano moriría asfixiado por el humo y el calor. Había salido como cada día a pastorear a su ganado. Cabe conjeturara que cayó sin salida y sin saber realmente qué le estaba pasando, no consciente de su fatal destino por afanarse en proteger a sus ovejas, encerradas -con él- por las llamas, ya confinadas en su terreno de pasto y establo. Apenas a cuatro kilómetros del olvidado pueblo del pastor, su heroica muerte.
Por lo que he leído, este hombre decidió retirarse de su menester de siempre a cierta edad. No duró mucho de jubilado: volvió a ser pastor, lo cual, desde un punto de vista urbanita como es el mío, es una notable decisión. A riesgo de que esta opinión sea propia de un ruralista que en su ciudad tiene aire acondicionado, va al gimnasio, posee una plaza de garaje y llama de vez en cuando a Glovo, creo que ser pastor es una gran profesión. Soledad rodeada de gregarios brutos y obedientes que balan y rumian; rutinas que no conocen domingos, y sí madrugones, atención diaria... y sereno ensimismamiento, un ingrediente de una bendita -por natural- forma de trabajar. Desde mi casa cercana al supermercado y al estadio de un equipo de Primera, oso añadir a este boceto del pastoreo la promesa de buena vida que es saberse con la seguridad en el producto de la propia labor. Con la cobertura de otra seguridad básica: la de comer. La naturaleza. Las estaciones. Sus ciclos. Sus crueldades.
Ahora, las cabras y ovejas que han sobrevivido tienen quemaduras, mala salud; probablemente mueran o sean sacrificadas. Están huérfanas de su cuidador. Pero con ese aspecto de espléndidos 69 de Victoriano, a uno le da una lástima y le produce un respeto imponente que este hombre deje de llevar su vida en paz con lo que le rodea. Y lo deje para siempre. Sin remedio, por proteger a su grey y al tuétano mismo de su existencia.
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