Postdata
Rafael Padilla
Todo se puede decir
Me enoja un artículo de Alberto Olmos en El Confidencial, Mala fama, porque en él no sólo reitera los tópicos que persiguen al genio Borges –fascista, trepador, teatrero aún en su ceguera–, sino por negarle con desdén su condición de mejor escritor en español del siglo XX. Pero hay un trecho muy largo entre el enfado subjetivo y el afán de censura. Media entre ambos la libertad de expresión. Todos, incluso Olmos sobre Borges, tienen derecho a pensar, opinar y comunicar, sin miedo al castigo o al silencio, cuanto consideren o sientan. Ese derecho protege, además, la libertad de escuchar, debatir o disentir. Sin ellas las sociedades no pueden avanzar y entonces, casi siempre, el poder queda concentrado en pocas manos.
Es cierto que hay muchas cosas que no somos capaces de decir. A juicio del mismo Olmos (Sobre la libertad de expresión (I): ¡A callar!, esta vez en Zenda), que comparto, deberíamos poder expresar cualquier idea. Añade a su vez: “¿podemos permitirnos no explorar por miedo a no encontrar sólo poesía o inteligencia sino también frases que no nos agradan?”. Sin duda no. A lo largo de la historia los grandes avances sociales nacieron de voces que fueron tachadas de peligrosas o molestas o incluso, por fortuna inútilmente, ahogadas en su tiempo. Por otra parte, la libertad de expresión está ligada a la dignidad humana. Respetada, nos concede la posibilidad de compartir experiencias, denunciar abusos y construir comunidad. Limitada o amputada, el miedo se convierte en una herramienta de control que cercena la diversidad de enfoques y el pensamiento crítico.
Hoy, con realidades como la ciénaga de las redes, la proliferación de ofendiditos o los supuestos delitos de odio, la libertad de expresión se tambalea. No es únicamente la ley, sino nuestra propia reputación la que la reprime. Ya es mucho más lo que dejamos de decir que lo que decimos. “Callamos, observa Olmos, por educación, por interés y por miedo. En aras de la convivencia. Y queremos, por los mismos motivos, que los demás también se callen”. Pero poder decirlo todo, en un marco de respeto y responsabilidad, no debilita a la sociedad: la fortalece. Nos estamos convirtiendo en profesionales del callar. Y eso, me temo, nos impedirá conseguir un futuro más justo, consciente y verdaderamente democrático.
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