Definiendo a brochazos

16 de febrero 2026 - 03:09

Parece que hemos arrumbado la capacidad de matizar para definir con exactitud lo que nos rodea. Se razona, si se hace, a brochazos, renunciando a proceder con la elegancia del pincel para trazar con delicadeza argumental lo que no debería expresarse con la tosquedad de un aerosol sobre una pared emborronada. En este momento, no sólo hemos abdicado de la riqueza del color sino que todo se ha reducido a una oposición entre el blanco y el negro que además, desprecia cuanto nos puede aportar la abundancia de los infinitos tonos de gris que existen entre ambos. Y renunciar al matiz es renegar de la claridad.

Leemos y usamos a diario los términos derecha e izquierda como si no hubiera más que dos opciones ante cualquier situación y no existieran más que dos soluciones posibles a cada problema, además, radicalmente opuestas. Ese reduccionismo polarizador y frentista niega algo tan claro como que las ideas políticas, las ideologías, en definitiva, no son ni inmutables, ni simplistas. Cada una de ellas, y son un buen puñado, se nutre de un conjunto de ideas fundamentales, con objetivos propios que dan carácter al pensamiento de un grupo humano del que acaba surgiendo un programa político. Programa que busca, o eso se anuncia siempre, el bienestar de todos.

Derecha e izquierda aparecen como dos rudimentarios cajones de sastre de los que a veces se deja escapar a los moderados para conformar ese tercer contenedor tan evanescente e impreciso como los dos anteriores que sería el centro. Esa clasificación lineal y grosera del pensamiento político debería provocarnos sarpullidos si pretendemos defender un mínimo de coherencia y racionalidad. Al menos, los diagramas de Pournelle y Nolan analizan, uno la relación entre estatismo y racionalismo y otro entre libertad económica y personal, para definir las ideologías y situarlas en un mapa bidimensional.

No tiene sentido hablar de bloques a derecha e izquierda y agrupar a liberales, democristianos y conservadores con reaccionarios, autoritarios y fascistas en uno de ellos y a socialdemócratas, socialistas y radicales con comunistas y revolucionarios. Más que nada porque el respeto a la democracia resulta fundamental para agrupar con coherencia las ideologías. Y además, el resultado resulta tan ridículo como concluir que Hitler y Churchill pertenecen al mismo grupo. No creo que a sir Winston le resultara agradable semejante circunstancia. A mí, tampoco.

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