La Hispanidad injuriada

16 de febrero 2026 - 03:09

La Hispanidad es una realidad invertebrada y al mismo tiempo terca y evidente. El hecho hispánico no descansa sobre una, probablemente inviable, articulación institucional, a modo de Commonwealth, sino en intangibles emocionales e históricos. También, por supuesto, en el vínculo que supone lengua española como lengua común. Creo que para un español la forma más fácil de toparse con esa capa de su identidad, la hispana, es la de que le hablen en su propia lengua en cualquier ciudad de los USA. En ese momento, uno se siente unido con su interlocutor a través de una identidad más íntima que la que pueda tener también como europeo y que al mismo tiempo desborda la que le identifica con su propio país. En USA más de 45 millones de ciudadanos hablan español de forma cotidiana y buena parte de sus ciudades al oeste fueron fundadas durante el Virreinato de la Nueva España. Pese a ello, en una sentencia reciente, Noem v. Vasquez Perdomo, la Corte Suprema ha considerado que no es contrario a la Cuarta Enmienda el que hablar español, o el demostrar acento hispano en el habla inglesa, sea un criterio para perfilar las políticas migratorias del ICE y ejecutar, en su caso, redadas domiciliarias o detenciones preventivas. Como señala la juez Sotomayor, en su voto discordante, hablar español, o el mero acento hispano, ya no es solo una práctica lingüística, sino que paulatinamente se ha convertido en una causa de exclusión o discriminación. Se está produciendo, en definitiva, una suerte de racialización de nuestra lengua, justificada como mecanismo para la defensa de la identidad nacional. Es legítimo pensar, desde España, que esto no va con nosotros. Ahora bien, resulta paradójico que aquellos que aquí cada 12 de octubre celebran el gran mestizaje, la primera globalización o la Hispanidad misma, asientan o callen ante la consolidación de una política de humillación policial a quienes hablan nuestra lengua y comparten nuestros apellidos. Más que paradójico resulta infame que desde un negociado autonómico, el capitalino, se aproveche un cameo en Mar a Lago de su acreedora y regente, para anunciar la entrega de la medalla de esa comunidad –que es España dentro de España y de la Hispanidad– a los Estados Unidos, faro del mundo libre. Se trata, sin duda, de un gesto que acredita su incomparable valía para un requerimiento actual de la narrativa política, la desconexión desacomplejada con la moralidad. Cierto es que también en ese trance indigno se injuria a la Hispanidad y a quienes la integran. Incluidos, claro, los españoles.

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