Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
El hijo de una amiga, joven científico licenciado y doctorado en universidades británicas, tiene ofertas de distinguidos centros docentes internacionales. Entre sus prioridades no está ir a Estados Unidos. Una familiar mira en los supermercados la procedencia de productos de alimentación. USA, no quiere. Un conocido ha decidido que mientras Trump sea presidente no volverá a poner un pie en ese país, en donde se mata a manifestantes. El malestar se expresa de manera desordenada. Si se organizara, sería poderoso. En España es impensable un vigoroso pronunciamiento parlamentario. En la UE, igual. No sólo hay que crear un ejército continental con armas, inteligencia y comunicaciones propias. Los ciudadanos necesitan herramientas tecnológicas autóctonas. Estamos vigilados por el gran hermano de Orwell; sistemas operativos y redes de matriz norteamericana.
Los chinos ya tienen su propio WhatsApp, WeChat. Además de mensajería instantánea, voz y vídeo, funciona como red social, banca, servicios de compras o gestión de citas. Se ha hecho indispensable en la vida diaria. Y su buscador DeppSeek compite con ChatGPT en programación, matemáticas, análisis de datos y consultas técnicas. En Europa no hay alternativas, es campo abierto para los Amazon, Google, Facebook y compañía.
Estos jerarcas tecnológicos americanos casi no pagan impuestos en Europa por sus enormes rendimientos. Reducen la factura fiscal del continente declarando beneficios mínimos en países con altas tasas, y trasladan las ganancias a filiales en Irlanda, Holanda o Luxemburgo, con baja tributación. Un impuesto digital unificado del 5% en toda la Unión Europea podría generar hasta 37.500 millones de dólares al año. Y en 2026 entra en vigor el impuesto mínimo global de la OCDE, que obliga a las grandes multinacionales a pagar un mínimo del 15 % sobre sus beneficios en cada país donde operan. Trump amenaza con nuevos aranceles a la débil UE si se atreve a cobrarle a sus jerarcas. Veremos si hay valor. Los políticos hacen proclamas. Pero, de momento, la poca resistencia que se nota es la voluntarista de ciudadanos anónimos.
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