Alto y claro
José Antonio Carrizosa
¿La guerra que todos perdimos?
La Guerra Civil es la bisagra sobre la que gira la historia de España del último siglo o siglo y medio. Primero por el largo proceso, que hunde sus raíces en el XIX, que creó la fractura social y económica que terminó provocándola. Luego por su desarrollo, teñido, como todas las contiendas civiles, de una fiereza y una crueldad dantesca. La guerra de alguna forma se perpetuó durante una larguísima posguerra que no se construyó sobre la paz, sino sobre la victoria. Cuando la dictadura acabó y volvió la libertad se puso en marcha un proceso revisionista de la historia para cambiar los papeles de vencedores y derrotados. Y eso desembocó en el periodo actual en el que la guerra de 1936 sigue levantando pasiones y los muertos de aquella contienda se los siguen tirando a la cara unos y otros.
Estos días la guerra vuelve a remover sentimientos por la convocatoria –finalmente aplazada hasta otoño– en Sevilla de un ciclo de mesas redondas y conferencias bajo el título genérico de 1936, la guerra que todos perdimos. Ignoro si finalmente el lema iba a llevar signos de interrogación, como apuntó uno de sus organizadores, el académico Arturo Pérez Reverte. Casi es lo de menos. También los es que algunos de sus intervinientes, como el novelista David Uclés, se dieron de baja en una muestra, tan común hoy, por cierto, de sectarismo: yo no me siento con uno al que considero del otro lado. Lo importante es que noventa años después seguimos atrapados por aquella tragedia colectiva.
Claro que una guerra, por su propia definición tiene vencedores y vencidos y en el 39 quedó manifiesto y explícito, para los que perdieron, a base de miseria, paredones y cárcel. Como apuntaba el martes con agudeza Luis Sánchez-Moliní, ningún español vivo salió triunfador o derrotado de aquellos años de pesadilla. Pero el lema del encuentro de muy alto nivel que organizan Pérez Reverte y Jesús Vigorra en la Fundación Cajasol estaba muy bien traído porque reflejaba que la guerra rompió el alma del país y la fractura que provocó sigue ahí. Es lícito preguntarse las razones por las que todavía, cuando la generación que tomó las armas ha desaparecido, muchos españoles que no vivieron aquello siguen lamiéndose esas heridas. ¿Nos falta todavía reconstruirnos como país?
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