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Contra el juvenilismo

La obsesión de nuestro tiempo por la juventud no hace ningún bien a los jóvenes concretos

Quizá mi artículo del martes sobre la necesidad de buscar fórmulas rentables y voluntarias para no tener que jubilar prematuramente el talento de los boomers pudo entenderse como una cerrada defensa generacional. En absoluto. Era una defensa de nuestros jóvenes también, y sobre todo. En primer lugar, contable. No será justo que sobre ellos se derrumbe a plomo la pirámide poblacional en forma de pensiones altas y numerosas y de faraónica deuda pública acumulada por políticos presentistas.

Pero todavía es más importante para ellos el aspecto filosófico. Advertía Julián Marías de un peligro letal que esconde el juvenilismo. Si decimos a todas horas a los jóvenes que lo único bonito, excitante y valioso es la juventud, parecerá que los halagamos, pero les amarramos al cuerpo –con un esparadrapo demagógico– una cuenta atrás como las de esas películas donde una bomba está a punto de estallar. El tiempo pasa volando y el joven es consciente de que cada día es menos joven. Les ofrecemos un ideal con una fecha de caducidad más apurada que la de un yogurt. No me extraña que se tatúen Carpe diem. Es más angustioso para ellos, que son tan conscientes de lo ridículo que resulta un tipo de mediana edad haciéndose el jovencito. Saben bien que no hay vuelta de hoja.

Como la belleza de la juventud ya la ven ellos solos, sobre todo en sus compañeros o compañeras, resultaría mucho más enriquecedor hablarles a todos de los retos de una vida madura, cumplida, cumpliéndose, con objetivos magnánimos para muchísimos años. Mi estimado colega Juan Manuel de Prada lanza preclaras denuncias a la trampa que les tiende el capitalismo. Si los jóvenes sólo se plantean regodearse en su fin de semana y en un viaje mochilero, no van a exigir a la gran empresa sueldos dignos sobre los que fundar una familia grande y firme ni al Estado ni a nadie una educación rigurosa que ampare una visión del mundo a largo plazo o eterna.

Me extraña que caigan en la trampa. A los más pequeños les espantan los mayores que hacen el indio impostando la voz y el vocabulario para tener un lenguaje muy infantil. ¿No abochorna a los jóvenes que se les hable con una voz enrollada, un mensaje prefabricado y los bonos-cultura? Ser interpelados y urgidos de hombre a mujer o a hombre les abre, en cambio, un horizonte. “Quien te dore la píldora por tu juventud es el traidor”, les diría yo uno a uno, algo melodramático, guiñándoles.

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