El legionario del Perchel

03 de febrero 2026 - 03:09

Cuando yo era pequeño visitaba con cierta frecuencia, de la mano de mis padres, el barrio del Perchel. En calle Cerrojo, que por entonces formaba una ele que terminaba en el Pasillo Guimbarda. Frente al muro del Guadalmedina, justo en la esquina final de la calle, cerca de donde vivían unos tíos y primos míos, hubo un bar, que yo conocí siendo ya mozo, llamado “El legionario”, que se hizo famoso por sus caracoles en caldo picante. No sé si este legionario tenía algo que ver con la leyenda.

En El Perchel siempre se ha dicho que hay historias que no están escritas, pero que rondan entre sus gentes. Esta es una de ellas: Cuentan que, hace muchos años, volvió del Rif un legionario herido. No se recuerda bien su nombre, algunos dicen que Francisco, pero da igual, lo que sí permanece en la memoria es cómo llegó al barrio: erguido, aunque cojeando; serio, porque traía la muerte pegada al uniforme. Decía que había sobrevivido porque nunca dio un paso atrás, como manda el Credo Legionario. Le alojaron en una casa de vecinos, de las de patio grande y silencio respetuoso, como a muchos otros que volvían heridos de África, ya que los hospitales estaban llenos. En la casa vivía una muchacha perchelera, de manos hábiles y mirada clara. Fue ella quien le curó la herida y quien entendió que aquel hombre no hablaba mucho porque ya lo había dicho todo en la guerra.

Las noches de verano, sentados a la puerta, contaba poco, pero cuando lo hacía hablaba de honor, de compañeros caídos y del Cristo de la Buena Muerte al que se encomendaban antes del combate. Decía que nunca le pidió por su vida, solo le rogaba que le diese valor para afrontar la muerte.

Un día, la muchacha le acompañó a Santo Domingo. Al ver al Cristo, el legionario se cuadró sin pensarlo. Los viejos del barrio juran que en ese momento se hizo un silencio distinto, como si el barrio entero entendiera quién estaba allí. Al tiempo, el legionario y la muchacha se enamoraron y se casaron ante el Cristo de la Buena Muerte. Algunos legionarios asistieron en silencio, firmes como en formación. El Perchel puso lo demás: pan, vino y respeto. Desde entonces se dice que aquella boda fue la promesa cumplida de un novio de la muerte.

El legionario nunca volvió a la guerra, pero tampoco dejó de ser un viejo veterano caballero legionario. Trabajó, tuvo hijos y vivió como manda el Credo: sin quejarse, sin pedir nada, cumpliendo, dándolo todo por los demás. Y cada Semana Santa, cuando el Cristo salía, se cuadraba. Y aún hoy, los más viejos del barrio, dicen que el Cristo de la Buena Muerte, en su capilla de Santo Domingo, nunca está solo. Siempre está, firme ante Él, el espíritu de aquél viejo legionario del Perchel.

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