En tránsito
Eduardo Jordá
Temporal
Fue ese Libertad sin ira un modo de consigna que presidió escenarios musicales y de actos de propaganda política –y social– durante el comienzo de la llamada “Transición democrática”, entre mediado de los años 70 y el comienzo de los 80, en la pasado y convulso siglo XX. Con esas tres palabras, sépanlo los jóvenes de ahora –ya que se les ha vedado aprenderlo en colegios e institutos– se hacía una invitación a un necesario encuentro –o reencuentro– entre los españoles, todos los españoles. Reunión absolutamente precisa, tras la muerte del general Francisco Franco, que había gobernado con mano de hierro, sobre todo en los primeros lustros tras la contienda civil de 1936 a 1939, este sufrido y soñador país, denominado España.
Esa invitación llegaba, especial y conscientemente engastada, en la letra de alguna muy popular canción que cantaron, a través de todas las emisoras de radio y televisión, los componentes del grupo musical Jarcha y de la que eran autores de la letra Rafael Baladés y de la música José Luis Armenteros y Pablo Herrero. Fue un éxito absoluto y redondo, yo creo que por las ganas que todos –todos digo– teníamos que vivir juntos y en paz.
El camino hacia una sociedad democrática y por ello abierta y generosa, se fue abriendo camino en la inteligencias y las voluntades de una creciente mayoría que, desde los últimos años de la dictadura que fenecía fue, progresivamente, hacia claras convicciones de libertad –salvo algunas excepciones, que siempre las suele haber– y que fueron el origen dela actual sociedad democrática. Y parece que a muchos todo esto se les ha olvidado y a otros no los debieron informar bien. A esa invitación a libertad sin ira, acudieron falangistas “de toda la vida” y socialistas y comunistas que llegaban de decenios de exilio. Y de una zona a otra del arco político que se abría, con multitud de propuestas que, socialmente, llegaron a constituir un panorama muy diverso.
La regla para este juego, nuevo, para españoles nuevos, fue, solamente esa, ejercer las libertades públicas e individuales desde el respeto, alejados de la ira y de la crispación. De esa semilla, que pudiera parecer tan simple, nació la Constitución de 1978. Ahora, en nuestros días, hay quienes pretenden, invocando descaradamente un falso progreso, podar severamente la libertad y sembrar la discordia, el enfrentamiento y la sumisión gratuita. Pero todos sabemos a qué caminos conducen esas últimas, engañosas propuestas ¿O no?
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