La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

En manada

Delegar la propia conciencia en el grupo da como resultado estas atrocidades

Un término ya manchado o por evitar es este de 'manada' al asociarse en el imaginario de todos a la bestialidad y la vileza del ser humano en su más sórdida expresión. Si delinquir y humillar a otros siempre es deplorable, protegerse en la masa para sacar la bestia que llevas dentro indica, además, un grado sumo de cobardía. El hombre masa lincha, degüella, ahorca, viola o saquea en la creencia de que la multitud le protege, que su responsabilidad individual se diluye en el 'como lo hacemos muchos…'. Y la víctima, a su vez, se ve agredida por varios gorilas, con daño psicológico y terror multiplicados en las secuelas múltiples.

Las manadas proliferan por doquier. No sólo violan a mujeres acosadas en momentos vulnerables cual jauría sedienta, sino que también se organizan en las aulas para golpear y humillar al eslabón más débil del grupo, escondidos todos tras el matón de turno. Los segundones sueltan su ira vil y sacian su instinto sádico acechante para ser realizado. Así estamos: alimentados por ficciones de violencia in crescendo, la emulación de lo que vemos en la tele o en internet se convierte en pulsión reprimida que busca el anonimato para salir impune.

No queda la cosa entre grupetes de bestias sueltas. Incluso en la Iglesia, con gente docta y leída, se abrió la caja de Pandora que muchos ya apunta a que fue la razón de fondo que provocó la abdicación de un Papa, acosado por su entorno al destapara el tarro de la porquería. Nos enteramos horrorizados que muchos sacerdotes que predicaban amor y compasión desde el púlpito, luego saciaban sus podridos instintos en la trastienda de las sacristías con los más indefensos, niños atemorizados-paralizados por el prevalimiento del cura y sus ordenes sagradas. Ya es abominable en sí, pero si, una vez denunciado, funciona la jerarquía en manada de tribu que silencia las miserias de los suyos, te encuentras con esta explosión de heces eclesiásticas que por fin un Papa ha decidido airear a ver si llega al fondo.

Delegar la propia conciencia en el grupo da como resultado estas atrocidades. Más aún si el grupo te vitorea mientras unos ojos despavoridos registran la escena para la historia del horror de esta era de manadas desabridas educadas en el haz lo que te apetece, coge lo que quieras y súbelo al 'insta'. Y así nos va.

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