En tránsito
Eduardo Jordá
Utopías
Cuando Dinamarca rechazó el Tratado de Maastricht en el referéndum de 1992, uno de los motivos fue el pilar europeo de defensa recogido en el acuerdo. Los daneses eran fervientes otanistas. Los más mayores recordaban los Panzer circulando por los adoquines de las avenidas de Copenhague 50 años antes: “los americanos nos salvaron de los alemanes”. No querían que la UEO se convirtiese en una miniOTAN continental; les incomodaba formar parte de un ejército europeo. Secuela de su memoria histórica de la invasión nazi. Cuando se reformó el tratado, en Ámsterdam en 1997, quedó claro que la defensa de Europa se hacía en la OTAN. El protectorado militar americano seguía vigente. Y se reforzó a partir de 1999, con la incorporación de Polonia, Hungría y República Checa, a los que siguieron en las dos décadas posteriores otros once antiguos estados comunistas, y hace un par de años Suecia y Finlandia, hasta completar 32 países. Desde la cúpula de ese imperio militar, Donald Trump amenaza a un territorio del Reino de Dinamarca. Toda una paradoja.
Antes de la intimidación armada o arancelaria, un grupo de tecnolibertarios, nómadas globales y ultraelitistas digitales, agrupados en la empresa Praxis, intentaron comprar Groenlandia en 2024. Praxis se define como “la primera nación digital del mundo”. Agenda pública informa esta semana que el objetivo de estos jerarcas tecnológicos era proponer a Nuuk un modelo de ciudad-estado digital sin regulación fiscal y ni gubernamental. Entre los impulsores de Praxis están Peter Thiel y Ken Howery, dos de los cinco fundadores de PayPal. Esteban Hernández, en El nuevo espíritu del mundo, explica que Thiel es también fundador de Palantir. Esta firma, respaldada en su creación por la división de capital riesgo de la CIA, se ha dedicado al mundo de la inteligencia y la defensa en Estados Unidos: ayuda a identificar a inmigrantes sin papeles, a encontrar defraudadores fiscales, a prevenir interrupciones en la cadena de suministros de medicamentos. Thiel sostiene que “la sociedad más justa no puede sobrevivir sin inteligencia, pero el espionaje es imposible sin una suspensión de ciertas reglas del derecho natural”. O sea, implica sobrepasar ciertos límites. En la primera década del siglo, estos jerarcas planearon la transformación que necesitaba su país para mantener su supremacía económica, tecnológica y militar. En la tercera década, lo hacen desde el Gobierno, manejando a un sucesor de Roosevelt. ¡Menuda paradoja!
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