La Rayuela
Lola Quero
Reescribir a Julio
Los estudiosos del fenómeno de la aparición de la nación en la historia saben que la fraternidad –más aún que la mera solidaridad– es la flor más bella de los sentimientos propios de una comunidad histórica y cultural, y, al mismo tiempo, la clave de bóveda de la nación política. La fraternidad entre gentes que pueblan territorios diversos, climas diferentes, preocupaciones o angustias no siempre coincidentes, es un milagro sólo posible tras siglos de éxitos y fracasos colectivos, de lealtades compartidas, de lengua común, de mezcla de sangres y apellidos, del surgimiento de una manera de ser y de pensar las cosas, lo que vagamente llamamos idiosincrasia, tal vez mejor carácter o estilo. Una vez realizado, ese milagro resiste a los tiempos, es la verdadera alma de un pueblo, es tan difícil de quebrar como la fe de un hombre.
Pero, aunque difícil, hay quien lo intenta, lo convierte en razón de su vida. En España los conocemos bien, los llevamos padeciendo desde el 78 y el maldito título VIII de la Constitución. Una labor lenta, incansable de zapa de todo lo que creíamos sagrado o al menos intocable. Saben muy bien que no hay solidaridad de afectos e intereses sin arca común, y a destruirla se aplican con constancia envidiable. En ello están como siempre, ahora en nombre de un principio abominable, eso de la ordinalidad, que bastaría para levantar una partida de hombres justos en cada pueblo y barrio de España. Un gran economista andaluz, José Manuel Cansino, cuyas colaboraciones en El Debate un día serán utilizadas para explicar el complejo mundo económico que vivimos sin comprenderlo, lo ha dicho en pocas palabras en Onda Local de Andalucía: el modelo de financiación autonómica presentado por Montero, fruto de los acuerdos entre Sánchez y ERC, con el PSC de Illa como auténtico muñidor, es “una tomadura de pelo” que no responde a una decisión técnica, sino a un intento de cambiar sustancialmente las reglas de juego, un ejercicio de “trilerismo financiero” cuyo único objetivo es hacer de Cataluña un territorio con privilegios fiscales semejantes a los que inexplicablemente ya gozan el País Vasco y Navarra. El efecto a largo plazo, aunque ahora se trate de enmascarar el asunto con fugaces cesiones compensatorias, será demoledor para las regiones menos favorecidas. La pesada losa que dejará el PSOE.
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