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El pangolín

No hay recetas sencillas ni soluciones milagrosas. Y vivir es estar permanentemente en riesgo

Cuando apareció la epidemia del coronavirus en China, algunos investigadores establecieron la hipótesis de que el contagio se había producido a través del consumo de carne de pangolín. El pangolín es ese extraño mamífero -pequeño, escamoso, tímido y solitario- que sólo se alimenta de hormigas y termitas. El pangolín, que se enrosca como una pelota y que suelta un líquido tan fétido como las mofetas cuando se siente amenazado, se considera un manjar en Extremo Oriente. Y por lo visto, el virus había pasado de los murciélagos al pangolín y de ahí -a través del consumo de su carne infectada-- a los seres humanos.

Era una hipótesis tan extraordinaria como fascinante. Una ciudad entera estaba en cuarentena en el centro de China porque un murciélago había infectado a un pangolín que luego había sido consumido por un chino que se las daba de sibarita. Todo tenía la precisión de los guiones que nos seducen porque son demasiado inverosímiles como para que puedan ser reales. La bolsa se desploma, la gente camina asustada con una mascarilla sobre la boca, los supermercados se vacían, hay enfermos ingresados en las UCI, se extiende la histeria, se desatan las falsas alarmas, y todo porque alguien tuvo la extraña idea de pedir un plato de pangolín -¿asado?, ¿caramelizado?, ¿gelificado?- en un restaurante más o menos legal de algún lugar de China.

Maravilloso, sí, pero falso, porque justo ahora se ha demostrado que la hipótesis del pangolín era errónea. El pangolín no era el culpable del contagio y la transmisión de la enfermedad sigue siendo una incógnita. Pero resulta curioso que en este mundo de fenómenos infinitamente complejos haya gente que se empeñe en proponer soluciones infinitamente simples. ¿Sería posible, como pedían algunos, cerrar las fronteras para evitar los contagios? ¿Sería posible imponer cuarentenas forzosas que afectaran a millones de ciudadanos? ¿Sería posible blindarse ante cualquier contingencia? Está visto que no.

Hay que aceptar que la realidad es tan extraña como el pangolín, ese mamífero desconcertante al que algunos denominan "la alcachofa que camina". No hay recetas sencillas ni fórmulas mágicas. No hay soluciones milagrosas. Y vivir es estar permanentemente en riesgo. Que se lo digan, si no, al pobre pangolín, a punto de extinguirse por el extraño sabor de su carne.

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