Monticello
Víctor J. Vázquez
Pepe Tudela
La primera imagen de Pepe Tudela que me regala la memoria es la del detective literario entregado a la búsqueda del incunable. La narración de sus hazañas bibliófilas nos hacían verle como un héroe intrépido de una novela de Bolaño. Se le levantaban las cejas cuando contaba cómo halló una primera edición casi perdida de Rubén Darío en una recóndita librería de Guatemala o al hablar de aquel ejemplar de España en el Corazón, descubierto en su Montevideo, que Neruda dedicó a la hija de Corpus Barga. Pepe cumplió con la tarea de heredar el mérito. Su legendario abuelo, inmortalizado por Ortega y Gasset, y con quien compartía nombre, fue uno de esos hombres que, en nuestra guerra y postguerra, hizo de la amistad un punto de sutura para las Españas. De él adquirió un compromiso casi existencial con la memoria del exilio republicano en América y también con la concordia entre españoles. Pepe, defensor y excelente teórico de nuestra monarquía parlamentaria, fue también un hombre al servicio de la República, entendida ésta en su sentido etimológico, como cosa pública y casa de todos. Esa fue su razón vital como letrado del Parlamento de Aragón y como profesor universitario, pero su gran legado para la causa es su tarea como secretario general de la Fundación que nace en las Cortes aragonesas, tras el asesinato, a manos de ETA, del que fuera su amigo, Manuel Giménez Abad. Esta Fundación representa, sencillamente, el espacio intelectual para la reflexión política más valioso y menos sectario, de cuantos en estos años han funcionado en España. La pasión radical de Pepe por su país era una pasión por sus letras, por el entendimiento y también por la defensa de esa identidad moral innegociable que era para él el Estado de Derecho. La deuda que los constitucionalistas tenemos con él es de las que no pueden saldarse. Pero Pepe era mucho más que un jurista. Viajó impenitentemente por todos los continentes con su amada Pilar, el verdadero camino de la ilusión, como él decía. Armenia, India, Kenya, Irán... fueron blanco de sus deliciosos diarios de viaje y de su cámara de fotos. Ahora que nos deja tan pronto, consuela pensar en cómo recorrió el mundo. En lo vibrante que fue su curiosidad y aventura y en las alegrías que le dio su Real Madrid, por no dejarnos nada. Me escribía de madrugada Carlos Aragonés que su don para la trama amistosa será mérito para el cielo. No habrá mejor credencial para el amigo. Pepe Tudela vuelve a la mesta, escribió Ortega de su abuelo. Qué manera de ennoblecer el nombre, de honrar a su país, ha tenido su nieto: José Tudela Aranda.
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