En tránsito

Otra vez la memoria

La Ley de Memoria convierte a los personajes históricos en figuras inamovibles asociadas a un único momento de su vida

El problema de la Ley de Memoria Democrática, tal como está concebida, es que convierte a los personajes históricos en figuras inamovibles asociadas a un momento determinado de su vida. Si han participado en un hecho histórico, ese hecho mismo -que quizá no suponga nada más que una mínima parte de su vida- los fija en una posición inamovible y ya no les permite ser nadie más que ese mismo personaje en ese momento dado. A esos personajes no se les permite evolucionar ni cambiar de ideas, ni arrepentirse -si es que estuvieron implicados en sucesos execrables-, ni pedir perdón a quienes dañaron con su conducta. No, para nada. Aunque ellos cambiaran y se arrepintieran, la Ley de Memoria les clava un alfiler en una vitrina y los etiqueta como "golpistas" o "antidemócratas". Y esos personajes jamás podrán desprenderse de esa etiqueta.

Es evidente que hay determinados personajes históricos a los que nadie puede exonerar de sus culpas. Mussolini, Hitler, Franco, Stalin, Mao, Pol Pot y tantos otros no pueden desvincularse jamás de los hechos abominables que protagonizaron. Pero hay otros personajes históricos que no resultan tan fáciles de etiquetar. Pensemos, por ejemplo, en un falangista de primera hora -y por tanto golpista en el año 36- como fue Dionisio Ridruejo. Veinte años después de haber apoyado a Franco, cuando ya era un hombre maduro, Ridruejo estaba en la cárcel y luchaba por una España democrática. ¿Qué hacemos con él? ¿Lo convertimos en un golpista irredimible? ¿O valoramos su compromiso antifranquista entre 1956 y 1975? Según la Ley de Memoria Democrática, no caben las medias tintas: Dionisio Ridruejo fue un golpista. A la damnatio memoriae con él.

Otro caso. El Ayuntamiento de Madrid ha decidido quitar las calles dedicadas a los socialistas Indalecio Prieto y Largo Caballero por haber participado en un intento revolucionario contra la República -gobernada entonces por la derecha- en octubre del 34. ¿Es eso justo? ¿No estamos cometiendo un disparate al condenarlos al olvido? Prieto se arrepintió de su papel durante la República, y después de la guerra, en el exilio, apostó por la monarquía parlamentaria. De hecho, el PSOE de Felipe González -aunque no el de Sánchez- es descendiente directo del PSOE de Prieto. Y entonces, ¿cómo podemos desterrar su memoria? ¿A qué estamos jugando?

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