La mayoría de los españoles nacidos antes de la democracia recibimos una deficiente educación sentimental. Cualquier expresión espontánea de dolor o de afecto que excediera de unos estrictos límites estaba mal vista. Además, en este valle de lágrimas, anidaba el miedo al pecado. Los hombres no lloran, y la mujer española cuando besa es que besa de verdad. El franquismo no toleraba el llanto (ni siquiera el de las plañideras), y solo permitía los besos silenciosos, castos y privados, nunca los húmedos morreos en público. La escena final de la película italiana Cinema Paradiso delata el ambiente de aquella época: una sucesión de besos censurados con la sublime música de Ennio Morricone. Generaciones deficitarias de besos con el lagrimal obturado. El ciudadano ejemplar debía permanecer “impasible el ademán”, inexpresivo, como si tuviera la cara siempre cubierta con una mascarilla.
La legislación democrática, las nuevas costumbres sociales y la llegada de inmigrantes han cambiado el panorama. Ahora, menudean las lágrimas y los besos, incluso en el ámbito notarial.
La “jura” de la nacionalidad en la que el inmigrante se hace español produce una emoción incontenible. Con lágrimas (de alegría), reparte besos entre amigos y familiares. A estas alturas, sorprende que ser español sea motivo de celebración.
Cuando se trata del otorgamiento de un poder en la cárcel, en ocasiones, el lloroso interno me pide que solicite clemencia a sus familiares por haber metido la pata, que solo ha sido un mal paso. También resulta muy amarga la visita al domicilio de un cliente con una enfermedad degenerativa que confiere un poder general y preventivo, y no puede reprimir una lágrima de sangre que cae sobre el papel timbrado como último y personal lacre.
Por el contrario, la firma de la constitución de una pareja de hecho es insípida. Los integrantes de la pareja, rebeldes de salón, terminan por suscribir el documento, con desdén, para acogerse a los beneficios fiscales y de la Seguridad Social que les reconoce el Estado de derecho.
Muy distinto es el caso de las bodas. La escritura de matrimonio civil difiere según la edad y del estado civil previo de los contrayentes: soltero, viudo, divorciado, y de que haya vástagos de anteriores relaciones; a veces, hijos más veteranos que uno de los novios. Aparecen los besos de pasión y los de Judas, y las lágrimas saltan contagiosas entre los familiares, aunque algunas sean de cocodrilo.
La escritura de divorcio suele ser rápida y su relevancia emocional depende del tiempo que los cónyuges lleven separados. A veces, no quieren coincidir físicamente en el otorgamiento. Y puede que uno de ellos venga al despacho acompañado de un nuevo pretendiente, con quien luego se besa a las claras en el portal de la notaría.
En estos tiempos, la firma más gozosa es la de la compra de la vivienda por una joven pareja. Abundan los besos y alguna lágrima de incredulidad, hasta se fotografían en el mismo acto. Ni la hipoteca que consienten a continuación empaña la felicidad del momento.
La muerte, todo un duelo, se convierte con frecuencia en una guerra cuando llega la escritura de adjudicación de herencia. En principio, los herederos cariacontecidos por el luto. Al final, tras la firma, algo más pudientes, se despiden sonrientes con pacíficos besos. Como decía Cervantes en el Quijote: “que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto”.
Los testamentos en los hospitales son muy penosos. Hace poco acudí a una clínica, a la zona de infecciosos, y mi amigo el testador, marchito, firmó con suma dificultad. En el pasillo, su esposa me despidió con un beso en la parte del rostro que apenas tapaba mi mascarilla. Lo sentí muy húmedo: ella tenía su mascarilla empapada de tanto llorar. Por unos minutos fui su paño de lágrimas. En el taxi de regreso al despacho, me quité mascarilla, y lloré a lágrima viva. Parece que he superado mi vetusta educación sentimental.