Félix Martín, el cocinero que pasó de sindicalista a empresario en Puerto Banús

Esculpió figuras en margarina, exedil de Turismo, escribió tres libros sobre palomas, afición que descubrió en casa de sus abuelos, que fueron el chófer y la criada de los Álvarez Quintero

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Félix Martín, en la barra del club La Siesta
Félix Martín, en la barra del club La Siesta / M.H.

Mi abuelo era el cochero de los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, y mi abuela la criada, recuerda Félix Martín Vilches, cocinero, sindicalista, empresario y concejal de Turismo en la primera corporación municipal democrática. Llegó a Marbella a preparar las cocinas del hotel Hilton, tres meses antes de su inauguración en 1969. Venía del hotel madrileño de la cadena de Conrad Hilton, después de formarse tres años en la escuela de cocineros de la capital.

Cuando mis abuelos se casaron, dejaron a los Quintero, se independizaron y se hicieron traperos. Recogían la basura y cobraban por ello. En el reciclado de residuos encontraban comida para los cerdos y de los restos de las cenizas de las calderas aprovechaban el carbón que no se había quemado, tras colarlo por una criba. Con eso hicieron un buen dinero. Mi abuelo compró unas fincas, con la mala suerte de que luego el Gobierno se las expropió. El pobre hombre perdió los terrenos donde se levantó el hospital La Paz (Madrid) y un pinar por La Moraleja.

Félix Martín, con figuras de margarina
Félix Martín, con figuras de margarina / M.H.

Vivían en una casa grande, cerca de la estación de Chamartín, en el tejado dormían las palomas. Mi abuelo no les daba de comer, las dejaba que se refugiaran allí. Una vez a la semana entraba al tejado y las echaba en un saco. Eran los años cincuenta; un carnicero de la calle Mateo Inurria le daba quince pesetas por pichón. ¡Un dineral! 

A la vuelta de la mili me casé y me fui a trabajar a Puerto Banús, al hotel Andalucía Plaza, y de ahí pasé a Torre del Duque, el restaurante más bonito que había entonces; se extendía desde la carretera general hasta la entrada del puerto. En el parking cabían 500 coches. En 1974, hicimos allí la gala de Liza Minnelli, [contratada, tras conseguir el óscar a la mejor actriz en la película Cabaret, para promocionar la marina]. Su actuación le costó a José Banús un millón de dólares de entonces. Si para la inauguración de Puerto Banús trajeron camareros de Sevilla, en esta ocasión nos bastamos los cocineros que había en el hotel del Golf para servir a 2.000 personas sentadas. Hubo otras fiestas, más pequeñas, con Raphael, María Dolores Pradera o Alberto Cortés. Nunca me han interesado los famosos; estábamos en mundos diferentes. Yo estaba en las tripas, en los fogones.

Con José Banús solo hablé una vez, cuando fui designado concejal de Turismo en la primera corporación municipal democrática de Marbella, en 1979. Cándido Fernández Ledo, que era su mano derecha, me dijo: “Don José quiere hablarle”. Él vivía en su hotel. 

¬ Me he enterado de que usted ha sido elegido concejal. 

¬ Sí, pero soy del Partido Comunista. 

¬ Eso no importa; le he dicho a Cándido que cuando le haga falta, deje el trabajo y vaya al Ayuntamiento. 

Estuve una hora hablando sobre el turismo con Banús. 

[En las primeras elecciones municipales, del 3 de abril de 1979, se eligió alcalde a Alfonso Cañas (PSOE), tras el pacto alcanzado con el PCE y el PSA.] 

¬ Hay que organizar el concurso de Lady España, que es muy importante para Marbella, me dijo el alcalde.

Como concejal de Turismo me opuse y no se hizo. El mercado de la carne, de mujeres medio desnudas, en bañador, nunca me ha gustado. Éticamente no estoy de acuerdo, le respondí. Estaba en contra de ese tipo de celebraciones, que además había que subvencionarlas. Cuando hubo que asignar las partidas del presupuesto municipal, me preguntaron: “¿Cuánto quieres gastar?”. Todo o nada, les dije. Si me tenéis limpio el pueblo, si las playas están limpias, si hay jardines y no hay delincuencia, no necesito nada más que cuatro publicidades. Pero si todo esto falla, todo lo que me deis será poco para contrarrestar estas deficiencias. 

Vista general del club La Siesta.
Vista general del club La Siesta. / M.H.

Intuía que el turismo nos iba a comer, como ha pasado. En una ocasión, en Grecia, los responsables del turismo nos dieron una vuelta en una avioneta y nos advirtieron: “¿Veis esta masificación?, es lo que no hay que hacer”. Yo proponía que la altura de las casas no superase las copas de los árboles. Cuando llegué a Marbella ya se estaban haciendo barbaridades, como

las propias torres del hotel Hilton. Estuve solo dos años como concejal; dimití porque había problemas en el partido, con gente que pasaba, que iba a su aire. 

En el hotel Hilton hacía esculturas con margarina para decorar el bufé, como la Estatua de la Libertad, del Cenachero o del Fauno. Lo aprendí de forma autodidacta, por las noches, en mi casa, me quedaba hasta la una de la madrugada trabajando con madera, bronce, hierro; con ello me desestresaba. 

Conrad Hilton, presidente de la cadena hotelera
Conrad Hilton, presidente de la cadena hotelera / M.H.

Sin tener ni idea de sindicatos, busqué a la gente más luchadora de los hoteles, cuando desde el PCE me dijeron que había que crear CCOO. Encontré a siete u ocho, con quienes nos reuníamos los miércoles en el restaurante de Emilio Ramos en Puerto Banús. Antes de que se legalizara el Partido Comunista, en 1977, la consigna fue: “Hay que salir ya a la calle y dar la cara, hay que abrir los armarios”. Tenía que entregar los carnés a los militantes. Hablé con Francisco Pando, el director del apartahotel La Torre de Nueva Andalucía. 

¬ Vamos a hacer una fiesta. 

¬ ¿No serán los comunistas? 

¬ No, es una asociación cultural. 

Llamamos a la prensa, repartimos cien carnés del sindicato. La policía se enteró por los diarios. El pobre del director pasó dos días en la comisaría de Málaga. Conseguimos 2.500 afiliados; primero era gratis, luego pusimos una cuota para pagar los gastos del local. Por luchar para que cuarenta trabajadores cobraran un salario digno, comieran bien y tuvieran media hora para almorzar, me castigaron. De la Torre del Duque me mandaron a La Torre Nueva Andalucía. 

Con sus compañeros de la cocina.
Con sus compañeros de la cocina. / M.H.

En la comida para el personal, había la costumbre de hacer un plato extra para los jefes: el director, los jefe de recepción, de cocina, de conserjería o la gobernanta. Hasta que un día le dije al director del apartahotel que iba a quitar el plato extra y repartir a todos el mismo menú. Al principio los jefes no me hablaban, pero se tuvieron que aguantar. 

He vivido dos huelgas en la hostelería; la más grande fue la que se hizo en plena Semana Santa de 1979 y se prolongó durante 18 días. En una primera, de cinco días, en 1978, no se arregló nada. En los piquetes, cuando la Guardia Civil tenía fichado mi 600 amarillo, con Luis Rojo, de UGT, cambiábamos de coche para que no nos pillaran cuando íbamos por los hoteles. Durante esta huelga, un chaval de Torremolinos [el secretario de acción sindical de CCOO, Manuel Benítez Zotano], harto de que la huelga no se acabara y de que no consiguiéramos nada, se tiró por la ventana. 

Cañas me recriminó por mi ausencia en el pleno de posesión del acta de concejal, cuando todavía tenía a toda la gente en la huelga. Entonces le dije: “Ponte guapo, coge el coche oficial que vamos a sacar a la gente de la cárcel”. Había más de cien personas, que participaron del piquete, a las que cogió la policía y las llevaron a Málaga.

Jornada de huelga en el hotel Los Monteros.
Jornada de huelga en el hotel Los Monteros. / M.H.

Conocí a muchos empresarios, pero pocos tan buenos como Cándido Fernández Ledo [consejero delegado de Bansa, de Puerto Banús, del hotel Andalucía Plaza y presidente del casino de Nueva Andalucía]. Después de la huelga, me informó que lo habían nombrado presidente de la patronal de hoteleros, AEHCOS. La empresa de Banús, Bansa, con más de 500 trabajadores, era la más grande de Marbella, después del Ayuntamiento. 

¬ ¿Qué queréis para el próximo convenio que se va a negociar? 

¬ La gente está muy quemada, va a haber más huelgas si no se alcanza lo que pretendemos: mantener el poder adquisitivo y unos cuantos flecos pendientes. 

¬ Eso está hecho, reúne a UGT y CCOO y los pongo de acuerdo con la patronal. 

El convenio se firmó en un rato. 

Recuerdo cuando Fernández Ledo nos llamó para decirnos que la empresa tenía problemas y que iba a deshacerse de algunos centros de trabajo. Nos ofreció a los trabajadores la explotación del club La Campana, que es ahora la tenencia de alcaldía; el club del campo de golf Los Naranjos; el restaurante de la Torre de Nueva Andalucía y el club La Siesta. Cuatro nos fuimos a La Siesta, donde Banús perdía dinero. Bajamos los precios, subimos la calidad y la cantidad de la comida. Las temporadas eran de abril a noviembre; el primer año ya ganamos dinero. Nuestra oferta estaba enfocada a los trabajadores, con un sistema de autoservicio; la gente cogía de lo que se ofrecía en una bandeja. Cada día había un plato especial. Vendía mucho, venía gente de todos lados; la piscina me limitaba el aforo a 400 personas. Tenía a mi hijo, que es cocinero de la primera promoción de La Cónsula. 

Después de estar 23 años como empresario, ya estaba cansado, me había quedado solo y traspasé La Siesta al Ocean Club [un chiringuito de lujo]. Un día, cuando ya lo había dejado, fui a la una de la tarde y no había nadie. La gente llegaba una o dos horas después, cuando se le pasaba la resaca. En un solo día, facturaban más que yo en todo un mes, vendían a 3.000 euros la botella de champán

Cuando dejé de trabajar, me dediqué a la cría de palomas mensajeras. He tenido hasta 200 palomas, de 25 razas diferentes; hay 500 clases, además de gallinas pequeñitas, gansos, patos o conejos. Con los animales tenía el síndrome de Noé. A las palomas hay que entrenarlas desde pequeñitas; las llevaba a cinco y diez kilómetros de distancia para que se orientaran con los cuatro puntos cardinales. Todas las semanas las soltábamos un poco más lejos para que volvieran a casa. Desde Dax, en los Pirineos franceses, alguna me llegaba al día siguiente por la mañana, en menos de 24 horas, después de dormir en la serranía de Ronda. Es un trabajo muy esclavo; hace cuatro años lo he dejado, aún me quedan veinte palomas. 

He escrito tres libros sobre las palomas mensajeras. Uno es una biografía de Carlos Márquez, un homenaje a este hombre que tanto sabía de palomas; durante veinte años fue presidente de la Federación Colombófila Española y ocho años de la Federación Internacional. En el foro que organizaba, reunía a más de cien personas. También hice un diccionario temático de las palomas y otro con la recopilación de los ochenta artículos que yo había publicado en diferentes revistas. 

Dejé la política pero no las ideas, sigo pensando igual. Como empresario, traté de cumplir con mis ideas: las jornadas de ocho horas, dos días de descanso y 45 días de vacaciones. No iba a hacer lo que antes había puteado. La hostelería ha cambiado poco, incluso para peor. Después de las huelgas para conseguir las ocho horas o el descanso, todo se fue relajando y se ha vuelto a las andadas, sobre todo en los restaurantes. En los hoteles, los comités tienen más fuerza; en los sitios pequeños la explotación sigue igual. 

Antes para ser cocinero había que correr casas, pasar por muchos sitios para aprender; ahora cualquiera te dice: "Soy cocinero". Creo que en la hostelería había antes más profesionales y también más serviles, de arriba a abajo. Porque el cliente no siempre tiene razón y eso siempre lo he discutido.

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