Rincón de la Victoria

Desescalada en Málaga: La segunda fase llega a Rincón de la Victoria de forma relajada

Bañistas esta tarde en la playa de Rincón de la Victoria. Bañistas esta tarde en la playa de Rincón de la Victoria.

Bañistas esta tarde en la playa de Rincón de la Victoria. / Marilú Báez

Quietud en las playas de Rincón de la Victoria en el inicio de la segunda fase de la desescalada. La amplitud de su arenal y el elevado número de segundas residencias que existen en el municipio han dejado una mañana de lunes muy tranquila en su litoral. Muy cerquita de la orilla se podían ver algunas familias que se movían entre las hamacas y la sombrillas, pequeños que jugaban con sus cubos y palas; algunas parejas de señoras que charlaban en primera línea y alguna otra leyendo. Una escasa afluencia que hacía muy fácil mantener las distancias de seguridad tanto en el centro de Rincón de la Victoria, como en la zona más oriental de La Cala del Moral o en Torre de Bengalbón.

Tampoco han sido muchas las personas que han ocupado los bares y restaurantes del paseo marítimo. Ya se han pasado las ganas de terraza que dejó el lunes de hace dos semanas en el que Málaga entraba en la primera fase. “Va media máquina”, expresó a mediodía Roberto López, el propietario del restaurante La Ñora. Una opinión que comparten la mayoría de los hosteleros que aunque llenaron todas las mesas los primeros días, luego vieron como fue aflojando la venta.

En esta segunda fase ya podría abrir el 50% el comedor, una circunstancia que apenas les beneficia ya que la mayoría de los bares del paseo marítimo no cuentan con interior. Tampoco a los de la Avenida del Mediterráneo, a los que el Ayuntamiento, dada la amplitud de la acera, ha permitido ampliar su ocupación con mesas. “Aquí, en esta fecha, el interior es lo de menos porque todo el mundo busca sentarse al sol en la terraza. Posiblemente, para nosotros, sea más interesante poder atender en la terraza, cuando pasemos al a tercera fase”, comentó uno de los camareros.

En el centro comercial se repitió la misma tranquilidad que las playas. O al menos, por la mañana. No fue necesario mantener las colas para entrar. Ni siquiera para pagar las prendas o para descambiar alguna que llevaba casi tres meses en casa con el ticket en la bolsa. El centro comercial adaptó sus entradas y salidas con cartelería para evitar el cruce entre los clientes. También se había ideado un protocolo en caso de máxima afluencia que no fue necesario utilizar.

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