Entre bambalinas

Cien años de humanidad

  • Hace falta llegar al corazón de los cofrades y del público en general para que estos actos cuenten con el mayor número de personas posible

El Cristo de la Clemencia, en el altar mayor de la Catedral. El Cristo de la Clemencia, en el altar mayor de la Catedral.

El Cristo de la Clemencia, en el altar mayor de la Catedral. / M. G.

Es inevitable mirar hacia el futuro y detenerse en una fecha concreta: 21 de enero de 2021. La Agrupación de Cofradías alcanzará sus cien años de existencia como la primera institución de su género en existir y alcanzar los tres dígitos. Aunque no lo creamos, viendo los cambios y polémicas de los últimos años, el ente de San Julián lleva ya bastantes zarpazos superados: la iglesia donde se fundó fue quemada en 1931, su primer presidente fue fusilado, se encontró en una situación económica peliaguda hasta la llegada de José Atencia e incluso, ya en sus actuales dependencias, sufrió el hundimiento de parte del techo de la sala de juntas.

Se cumplen cien años de una entidad cambiante, que asentó su rumbo en los ochenta y sigue caminando, pese a todo. Esta semana recibimos la noticia de su programa de actos y el próximo martes se presentará en Sevilla. Es lógico que se dé a conocer que Málaga es una ciudad cofrade –en algunos casos, procesionista- y que se quiera llevar al exterior. Es que hará falta, viendo el futuro incierto que tenemos por delante. El Centenario tiene la llave para devolver una ilusión general que se proyecte al mundo entero, si así lo quieren.

Sin embargo, algo echo en falta en ese programa de actos: las personas. El comité organizador cuenta con sobrada experiencia y, en los casos que conozco más de cerca, son excelentes personas. Sin embargo, parece que la apertura de puertas en el Muro de San Julián se quedó en declaración de intenciones. Por ahora, y ante lo trascendido, el nivel de participación va a ser institucional. Y la Agrupación de Cofradías necesita, ahora más que nunca, a la ciudad a su lado.

Conseguir aunar a la ciudad no sólo significa tener compañeros de camino que sustenten económica e institucionalmente la inversión y el programa de actos. También hace falta llegar al corazón de los cofrades, en primera instancia, y del público en general una vez que se ha convencido a los de casa. Estos últimos años, las grandes decisiones han hecho mella en la imagen de la Agrupación. ¿Por qué no tratar de hacer más cercano aún el Centenario y recuperar así no sólo el tiempo, sino el afecto dejado por el camino?

Málaga necesita a sus cofradías porque son las instituciones que, entre los creyentes y algunos que no creen, despiertan más emociones. Nos convierten en solidarios, en empáticos, en mejores cristianos. Nos inyectan esperanza para que no se desgaste la fe cuando todo se tuerce. Y la Agrupación, lejos de ser una comunidad de vecinos cerrada para 41 propietarios, debe ser el vínculo para que todo lo construido no se quede almacenado en un museo porque, a pesar de los muchos intentos para salvarlo, al final todo se convierta en un capítulo de la historia.

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