Viernes Santo en Málaga Escenario para el silencio

  • Desde Monte Calvario hasta Servitas, la paradoja que encierra la puesta en escena de la Pasión en la calle se multiplica; pero la esencia de todo esto cabe en un suspiro

El Señor del Sepulcro, en la calle Alcazabilla El Señor del Sepulcro, en la calle Alcazabilla

El Señor del Sepulcro, en la calle Alcazabilla / LM Gómez Pozo

Hay una singular sensación de extranjería, de estar fuera de sitio, tal vez de habitar una versión alternativa de este mundo, cuando el Cristo del Amor sale a la calle el Viernes Santo y enfila por Fernando El Católico hacia el Compás de la Victoria. Vista de espaldas, antes de que la Virgen de la Caridad haga acto de presencia, la figura, sobria y ecuánime, resuelta en una geometría aséptica que une en la Cruz lo horizontal y lo vertical, la realidad cotidiana y la sospecha, cuanto menos, de trascendencia, avanza en su solemne cadencia hacia la verde espesura que corona Gibralfaro, emergente como un edificio anómalo en el trazo urbano. A su paso se suceden las hermosas mansiones que resisten el estrago del tiempo desde la época del chupitira y los asépticos bloques de viviendas de agravio rectangular, pero las desigualdades arquitectónicas encuentran un curioso ajuste en la presencia del Señor entregado a la muerte, como si todo quedara igualado en esta tremenda puesta en escena. Entonces, la calle por la que tantos transitan a diario, las aceras pisadas cada mañana para empezar la jornada, el camino que siguen los padres para llevar a sus hijos al colegio, se convierte en otra cosa, como si este trozo del planeta quedara precintado entonces en una exclusividad impenetrable, transformado en un ecosistema donde anidan otras criaturas: la promesa, al cabo, de un templo erguido sobre los propios mimbres del asfalto. En el Viernes Santo, los contrastes y las paradojas de la Semana Santa de Málaga no son menos: se funden en este magma llamado Málaga las costumbres más pías y las más paganas, las más elevadas y las más chabacanas, el susurro de una oración entre los labios y el banquete de bolsas de pipas, tarrinas de helado, golosinas, bocadillos y toda suerte de viandas importadas para la merienda; pero sí hay una diferencia proverbial respecto a los demás días, concretada en los momentos ganados al ruido para la percepción, cristalina y perfecta, del silencio. Unas veces la quietud se contiene durante sólo unos segundos, otras durante horas, pero no deja de resultar prodigiosa la manera en que una talla abre en una calle cualquiera un coto estremecido al vacío. Este Viernes Santo, en la misma calle Fernando El Católico, tras la salida de la Virgen de la Caridad, un hombre que aún no debía haber cumplido los sesenta, moreno de piel, de altura discreta y algo rudo en sus formas, que había venido solo, sin más compañía, se descubría a sí mismo llorando; y al saberse observado por otro hombre que contemplaba el espectáculo a su lado, mientras sacaba un pañuelo del bolsillo con una mano, hacía con la otra el gesto de darse un golpe en el pecho para dar cuenta de su afección. Todo, claro, en el más escrupuloso silencio. Si al centurión evangélico le bastaba una sola palabra para satisfacer su esperanza, aquí una sola palabra habría echado a perder el momento. No había más remedio que dar por buena la máxima de Cioran: "Toda palabra es palabra de más".

La Piedad, tras su salida en el Molinillo. La Piedad, tras su salida en el Molinillo.

La Piedad, tras su salida en el Molinillo. / Jesús Mérida

Tras el trago deslucido del Jueves Santo a cuenta de la lluvia, el clima decidió mostrarse magnánimo con Málaga el Viernes. Pero no las tenía la ciudad todas consigo: todavía por la mañana las predicciones apuntaban posibles chubascos leves para la tarde, y a eso de las 11:00 las nubes despidieron un rocío póstumo, suficiente para empapar los suelos. Sin embargo, dado que el cielo no dejó de estar cubierto, convenía, por si acaso, y por más que la primavera decidiera jugar esta vez a favor de las procesiones, mantener al menos un ojo avizor. Pero para empezar el día más importante de la Pasión, centro y eje de la liturgia de la Semana Santa, había que hacerlo en alto e ir a la capilla del Monte Calvario, donde ya desde la mañana el Viernes Santo es motivo de encuentro, duelo y oración: la atalaya histórica, germen y afuera de la Málaga moderna, compartió su ambiente vecinal, fraterno, de prueba de fe resuelta en un candil encendido y, de nuevo, el silencio.  La salida del Cristo Yacente condujo después todas las miradas a la Victoria, donde se mantendrían poco más tarde en la puesta de largo del Amor. Antes, el Descendimiento conducía su monumental evocación escultórica desde aquella otra Málaga, tan lejana y cercana a la vez, al otro lado del túnel de la Alcazaba, directo sin embargo al mismo corazón de todas las cosas. De vuelta a la Victoria, el nuevo paisaje arbolado del entorno de la Basílica ofrecía matices distintos a los titulares, pero el Compás de la Victoria volvía a ser el volcán de memoria que concede cada Semana Santa, con sus limones cascarúos, las terrazas de los bares llenas en las aceras, la chiquillería en su expansión natural, la grúa municipal en plena retirada de vehículos latosos en el Jardín de los Monos y a sólo un paso Lagunillas, invisible sin embargo al otro lado del telón, con su decadencia, su derribo y su improbable color en la tarde gris. La Virgen de la Caridad volvió a regalar algunas de sus mejores estampas en Cister. Un turista americano hacía fotos a un hombre de trono que bebía agua de un botijo como si se tratase de un rinoceronte en un safari. A su lado, un respetable padre de familia seguía el partido del Málaga por la radio con el pinganillo en la oreja, como antiguamente. Pero el silencio era mucho más elocuente. No hacía falta decir nada.

El Descendimiento, a su paso por el Palacio de la Aduana- El Descendimiento, a su paso por el Palacio de la Aduana-

El Descendimiento, a su paso por el Palacio de la Aduana- / Jesús Mérida

En cualquier caso, el Viernes Santo construyó lo prometido: un árbol que hunde sus raíces allí donde Málaga, todavía, a pesar de la especulación y el olvido, conserva las suyas. Mientras la Victoria rendía su escenario, la Trinidad se echaba a la espalda sus siglos de esplendor y abandono a la vez que el Santo Traslado ganaba la calle desde San Pablo, y esta Málaga dura, desprovista, huérfana y condenada al margen, la de trapicheos furtivos y la ley del más fuerte, a veces hasta extremos insostenibles, se contenía en otro silencio, definitivo, austero, instante inmediatamente anterior al Big Bang, ante el desconsuelo de Nuestra Señora de la Soledad, rota de dolor a cuenta de un hijo muerto; y qué injusto es a veces el mismo lenguaje que pretende llenarlo todo de palabras cuando se olvida de inventar una para llamar a las mujeres que pierden a sus hijos. Caída ya la noche, la salida procesional se resolvía en sombras mientras en el solar de al lado cuatro mequetrefes se empeñaban en jugar al fútbol con una lata. Antes, otra de las raíces de la ciudad y modelo irremediable de resistencia, el Molinillo, caía rendido ante la sobrecogedora imagen de la Virgen de la Piedad. Sentados en una acera, tres tardoadolescentes aparcaron su partida de Fortnite y, tras incorporarse, emplearon sus móviles para hacer fotos al trono, como el matrimonio de origen oriental que regenta el badulaque tres calles más allá y que ya es más malagueño que una loca a la hora del café. A la hora de ganar espacios al silencio pocos argumentos resultan tan incontestables como la Piedad, en su formal y riguroso hallazgo del Señor muerto en los brazos de su Madre: su llegada a la Tribuna de los Pobres amarró este Viernes Santo las lenguas en un trance para el que no había respuesta más consecuente que la boca cerrada, al mismo tiempo que los otros protagonistas de la Semana Santa, anónimos, perecederos, se buscaban la vida intentando colocar una lata de cerveza o un paquete de almendras entre el público mientras tiraban de sus cubos empapados o de sus cestas de mimbre por la acera. Para cuando el Señor del Sepulcro hizo acto de presencia en Alcazabilla, el gentío casi alcanzaba el Paseo del Parque. El Teatro Romano se hizo un nudo de silencio mientras incautos imberbes se dejaban su paga semanal en el Burger King de enfrente, implacable el redoble de los tambores sordos, multiplicados los signos de almas compungidas. No cabía un alfiler, pero todo el mundo parecía encontrarse en esta ola de emoción callada. Finalmente, María Santísima de los Dolores emergió de San Felipe en la procesión de Servitas, con más oscuridad, más silencio y más contraste. Todo esto tiene que morir, al cabo, para que algo nuevo nazca en otra parte.

Todo esto tiene que morir, al cabo, para que algo nuevo nazca en otra parte

Y mientras este despliegue de silencios ganados en tan humana batalla colmaba la memoria de una Málaga absorta, el ocio de un puente festivo se desplegaba a gusto en bares y terrazas. El ayuno cristiano competía feroz, en la misma acera, con la bacanal romana, cuerpo a cuerpo, en un territorio bien conocido por ambos. A los guiris que daban con los menús variopintos de los restaurantes la Plaza de la Merced y con las pintas de Guinnes previas a las partidas de dardos mientras sacaban fotos al Sepulcro les parecía, sin embargo, que todo formaba parte del mismo lote. Y tal vez tenían razón. Hace sólo unos días expresaba en una red social el director y dramaturgo Albert Boadella su deseo de que el teatro tuviera el mismo poder de conmoción que las procesiones de Semana Santa. Y seguramente la diferencia tiene que ver con el modo en que en la Pasión el espectador queda incorporado a la puesta en escena, como verdadero protagonista, mano a mano con las tallas, en el mismo camino y la misma resolución; en el mismo silencio que a veces, a pesar del grito que es Málaga en su acepción más genuina, se abre en este mundo hasta hacerlo parecer otro.      

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