El Unicaja, la Copa y una radiografía de contrastes
Se llega mermado físicamente, pero con buenas sensaciones parciales tras competir ante el Madrid y en un contexto en el que la presión será para el conjunto blanco, un escenario interesante
Si la bala es para Valencia...
Durante este ciclo, el Unicaja se había acostumbrado a vivir con el pulso estable. Un equipo de planificación fina, de trabajo quirúrgico, de llegar a los momentos importantes con todo en su sitio. La Copa llevaba semanas en el horizonte y el plan estaba trazado. Pero el baloncesto, como casi todo, tiene la mala costumbre de torcer los planes, y al equipo malagueño le ha rebotado el karma. Se llega a Valencia con la enfermería ocupada y con piezas importantes entre algodones. No es el escenario ideal, ni mucho menos. Aunque tampoco necesariamente el peor para un grupo que, más de una vez, ha demostrado que sabe crecer cuando el viento sopla en contra. La dificultad será máxima y el Madrid partirá como favorito el jueves, pero también cargará con todo lo que eso implica. Ya se escapó la Supercopa y el conjunto blanco llega a la Copa con la obligación real de ganar, porque así funciona ese ecosistema: cuando no hay títulos, el ruido aparece rápido. El Unicaja, mientras tanto, viajará con menos foco, agazapado, con ese punto incómodo que a veces convierte a los equipos en más peligrosos, y también con una cierta rabia después de un primer asalto ante los blancos que dejó mal sabor de boca.
Un encuentro claramente mirando de reojo a lo que viene, algo que entraba dentro de lo lógico. Hubo pruebas, algún experimento y también cartas guardadas en los dos equipos. Era de esperar. “No nos engañemos, fue un partido raro”, admitía Sergio Scariolo después. Aun así, durante 30 minutos el Unicaja fue muy reconocible: jugó con ritmo, corrió, mordió e incluso llegó a desarbolar al Madrid como pocas veces se ha visto esta temporada. Hubo también respuestas interesantes desde el banquillo, minutos sólidos de jugadores de reparto y, sobre todo, una sensación importante: el equipo volvió a parecerse a sí mismo. Y eso no era menor después de unas semanas en las que la irregularidad había asomado y algunas de sus señas de identidad parecían haberse quedado en pausa. El final, sin embargo, se fue escapando poco a poco. No por un golpe, sino por una suma de errores que, ante un rival como el Madrid, terminan pesando demasiado. El 11 de 24 en tiros libres, las 12 pérdidas en la segunda parte, varias de ellas evitables, fruto de la precipitación y también de la falta de piernas, y alguna decisión arbitral desconcertante terminaron inclinando la balanza. Con el Madrid, ese margen simplemente no existe. Y ahí hay también una lectura útil: aprendizaje que puede servir dentro de unos días.
Si algo ha demostrado este Unicaja en los últimos años es que sabe competir cuando el escenario se vuelve incómodo. Que no se arruga en citas grandes. Que entiende bien cómo se juegan estos torneos cortos en los que todo cambia en cuestión de horas. Ese es, probablemente, el mejor aval con el que aterriza en Valencia. A partir del jueves empieza otra historia. La Copa siempre lo cambia todo: el ritmo, la presión, el contexto. Y en ese terreno incierto, incluso con todas las dificultades, el Unicaja ha aprendido a sentirse cómodo. Un contexto adverso que se puede convertir en una oportunidad.
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