Postrimerías
Ignacio F. Garmendia
Silencio
DECÍA el domingo en este periódico el malagueño Juan Manuel Pascual, especialista en Neurología y director de la sección de Enfermedades Raras del Centro Médico de la Universidad de Texas Southwestern, que apenas conocemos aún cómo funciona el cerebro. Aunque con bastante frecuencia se descubren cosas cómo qué regiones del órgano se activan en función de lo que hacemos, pensamos o sentimos -hay hallazgos tan evidentes como que los cerebros de la gente de izquierdas y de derechas funcionan de forma diferente, como si no supierámos ya eso-, sostenía este ilustre paisano que básicamente seguimos sin tener ni idea de lo que ocurre ahí dentro. Ignoro por tanto si la memoria se almacena en el hipocampo, la corteza prefrontal o el anterior cingulado, pero sí tengo claro que hay recuerdos que se quedan grabados a sangre y fuego, estampas, imágenes y sensaciones que jamás se borran.
Todo el mundo recuerda, al hilo de la catarsis colectiva por el décimo aniversario del los ataques del 11-S, dónde estaba, qué hacía, con quién hablaba y qué sintió, al ver al Boeing 767 de la United Airlines estrellarse contra la segunda torre del World Trade Center, mientras se preguntaba, delante del televisor y como hacía la presentadora del informativo del momento, qué demonios estaba pasando.
Como ocurriera antes con Pearl Harbor, la llegada del hombre a la Luna, el asesinato de Kennedy, la muerte de Franco, el 23-F o localmente el atentado de Martín Carpena, el ataque a las torres gemelas de Nueva York, capital económica o al menos sentimental del mundo -quién no ha paseado por sus calles, sea gracias al vuelo directo de Delta o a través del cine-, marcó a varias generaciones. Fue el primero de esos eventos presenciado en tiempo real por la mayor parte del planeta. Y quizás en el futuro aparezca marcado en los libros como el acontecimiento histórico que supuso el inicio de una nueva era. La era de la inestabilidad, del cambio del centro de gravedad geopolítico de occidente a oriente, el tiempo en que vivimos peligrosamente, el de la irrupción de las redes sociales como medio de comunicación de masas al margen de los gobiernos y las empresas. Luego vendrían otros dramas incrustados en nuestro cerebro y que el estómago aún recuerda, como el 11-M. Pero todo cambió aquella tarde, hora española, mientras la comida se iba enfriando y nuestros corazones sobrecogiéndose. Diez años después, seguimos sin creérnoslo, atónitos cada vez que repiten la imagen de los trabajadores lanzándose al vacío para escapar de las llamas, del posterior colapso de los dos gigantes. La era de la incertidumbre comenzó aquel día. Y aunque el mundo sea un lugar mejor sin Bin Laden, da la impresión de que en estos diez años apenas hemos avanzado.
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