Crítica de Cine

Sexta entrega de un videojuego estirado

Milla Jovovich, en la película. Milla Jovovich, en la película.

Milla Jovovich, en la película.

Lo bueno de Resident Evil: Capítulo final frente al estúpido festival zombi con pretensiones distópicas que es Melanie, the girl with all the gifts o sobre todo frente al falso realismo de la igualmente estúpida y pretenciosa Manchester frente al mar, es que no engaña a nadie: es lo que es, ruido tecno-lúdico plagado de efectos especiales. La conocemos desde 1996 (videojuegos) y desde 2002 (películas), siendo el que ahora se estrena el sexto largometraje que explota esta nada que apasiona y entretiene a millones de jugadores y espectadores. Así que nadie que vaya a verla quedará sorprendido, defraudado y mucho menos estafado.

Dirige la cosa Paul W. S. Anderson, cuyos créditos tampoco inducen a engaño: además de haber dirigido cuatro de las seis entregas de la serie Resident Evil ornan su filmografía mamarrachos como Alien vs. Predator, Death Race, la carrera de la muerte, Los tres mosqueteros 3D o Pompeya.

Más paisajes posapocalípticos, más zombis -¡muchísimos más!-, más mezclas de tiempos recreando un futuro hecho con cachos del pasado (hasta de la Edad Media) y más Milla Jovovich salvando lo que queda de la humanidad. No hay más que decir salvo que se alaben las virguerías técnicas -que es lo único que ofrece- o se tomen en serio las serpentinas narrativas del guión, cosa que no estoy dispuesto a hacer.

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