Tentativa y ósmosis, o el teatro tras el coronavirus

El diario de Próspero | Teatro

Andrés Lima anuncia una segunda parte de ‘Shock’ que abordará la epidemia presente

Pero la cuestión es si a la escena inmediata le queda alguna opción para no hacerlo, consciente o no

‘Shock (El Cóndor y el Puma)’, la obra de Andrés Lima producida por el Centro Dramático Nacional.
‘Shock (El Cóndor y el Puma)’, la obra de Andrés Lima producida por el Centro Dramático Nacional. / MarcosGpunto

Circula estos días por redes y corrillos una imagen del patio de butacas del teatro del Berliner Ensemble con un buen número de asientos retirados. Los pocos que han respetado, con su tapizado rojo, comparecen dispersos aquí y allá, distribuidos por parejas o en solitario. La institución alemana daba así cuenta de la medida adoptada para respetar las distancias de seguridad impuestas por la crisis del coronavirus. Corresponde admitir, de entrada, que en más de una función en la que el público se ha erigido como el peor enemigo del espectáculo, a base de móviles, toses y actitudes insolidarias, ha echado uno de menos una placidez semejante; no obstante, lo verdaderamente sorprendente es que una solución así llegue a plantearse y que, de hecho, sea el teatro, como arte y como sistema, el primero en aceptar una desolación de este calibre. Tal y como han advertido productores, propietarios y gerentes, la reducción de los aforos de las salas al 30% de su capacidad es una imposición injusta dado que sólo un porcentaje muy restringido de espacios (los de titularidad pública, y tampoco todos) pueden permitírsela. Y hay que lamentar además que, de todos los sectores productivos, ya sean culturales o de otra índole, sea el escénico el que más incertidumbre soporta respecto al futuro inmediato. Que a estas alturas no exista confirmación oficial sobre si tendrán lugar o no las próximas ediciones de los Festivales de Mérida y Almagro, de los que se nutre cada temporada de forma abundante en toda España, dice bastante del estado de la cuestión. Lamentaba hace unos días Antonio Banderas que mientras algunas actividades realizadas de cara al público como el fútbol, donde el contacto físico es imprescindible, cuenten ya con plazos y protocolos claros de actuación, en lo que al teatro se refiere todo el paisaje siga invadido por la niebla. Y tenía razón: tales desequilibrios ofrecen una imagen concreta del país y de su escala patrimonial de valores. De cualquier forma, tal vez la del Berliner Ensemble pueda ser una solución razonable en un determinado contexto, pero nunca en el español, donde la crisis económica dejó heridas que el tejido escénico no ha sido capaz aún de sanar en su totalidad. La herida, por cierto, tiene un nombre inconfundible: el público.

Independientemente de lo que suba a escena, el teatro late en continua ósmosis con la realidad

Lo que sí parece evidente es que la experiencia de ir al teatro no volverá a ser la misma una vez que las salas abran sus puertas. No sólo por los geles desinfectantes, los grados de separación exigidos y la desconfianza, sino porque la misma experiencia con la que cada espectador regrese será necesariamente distinta. Anunció recientemente Andrés Lima su intención de dirigir una segunda parte de Shock que abordará la epidemia del coronavirus de manera directa. Y se produce aquí un debate interesante sobre la idoneidad de abordar la cuestión desde la escena o si, por el contrario, será preferible ofrecer alternativas a un público saturado de información y referencias del dichoso Covid-19 (el Teatro Español, sin ir más lejos, ha convocado un certamen de textos teatrales consagrados a la comedia con tal de estimular la escritura en un sentido bien dirigido, aunque, ojo: tampoco la comedia está reñida con el coronavirus). El anuncio de Andrés Lima invita a elevar las expectativas dados los precedentes: Shock (El Cóndor y el Puma), producido por el CDN, revisaba los postulados de La doctrina del shock de Naomi Klein a partir de un hecho histórico concreto (el golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile) con la contribución textual de Albert Boronat, Juan Cavestany, Juan Mayorga y el mismo Andrés Lima y con un alcance de verdadero impacto. Que la continuación de Shock (cuya primera entrega, por cierto, llegará como favorita a la gala de los Premios Max que se celebrará, Covid mediante, el 7 de septiembre en Málaga) asuma como punto de partida la crisis sanitaria resulta lógico, hasta cierto punto, ya que la maquinaria descrita por Klein en su obra ha cristalizado de manera harto ilustrativa en los últimos meses dado el magnífico modus operandi servido en bandeja por la pandemia.

Pero cabe preguntarse si será posible, a corto plazo, un teatro que no aborde el asunto, el único posible, siquiera a modo de tentativa. Independientemente de lo que suba a escena, el teatro late en continua ósmosis con la realidad. Cuando ya Aristóteles dictaminó que la escena es una representación de la vida, no estaba tanto dando instrucciones como estableciendo un diagnóstico. Esta injerencia ha venido para quedarse. Y tal vez lo más inteligente sea abrazarla.

stats