Calle Larios

Larga vida y años luz a Principia

  • Cuando, en un futuro próximo, la divulgación científica ejerza en Málaga de madre del cordero, habrá que recordar siempre que todo empezó en este centro por el que nadie daba un duro

En Principia se puede aprender de manera práctica qué es un eclipse. No está mal para empezar. En Principia se puede aprender de manera práctica qué es un eclipse. No está mal para empezar.

En Principia se puede aprender de manera práctica qué es un eclipse. No está mal para empezar. / Málaga Hoy

DEL Centro de Ciencia Principia se podría decir aquello de “no sabían que era imposible y lo hicieron”. Allá por 1994, un grupo de profesores, verdaderamente inconscientes, decidieron unir esfuerzos para proveer a sus alumnos, y a cualquier incauto, de ciertas experiencias científicas que no tenían cabida en las aulas y los horarios habituales. Se trataba de reunir materiales, dispositivos, equipos, toda la voluntad y muchísimo conocimiento y ponerlo a disposición de todo el mundo, bajo una proverbial concepción de lo público. Pero había otro criterio fundamental: el de la interactividad. El objetivo no era ofrecer ciencia a observadores pasivos, sino hacerla de la mano de quien accediese a participar. Así, la semilla de Principia quedo sembrada aquel año en el PTA, donde, dentro de la programación del Mes de la Ciencia, se reunieron en una exposición un centenar largo de aparatos científicos construidos en institutos de la provincia. Aquella demostración permitió ganar los primeros apoyos institucionales y en 1998 comenzó la construcción del centro, ya saben, allí en Martiricos, al lado del Estadio de La Rosaleda; y en mayo de 1999 Principia abrió sus puertas con toda la ilusión, más ambición y no pocas dudas. Para ser honestos, la pregunta habitual entre quienes se asomaban por allí en los primeros años venía a ser algo así como pero esto qué es. Si la normalización y aceptación de Picasso como artista genial en su ciudad natal costó un poquito, la divulgación científica no iba a ser menos. Fue la implicación de no pocos centros educativos y la participación directa de los docentes y estudiantes la que permitió esta normalización. Los demás hemos venido después: es un gustazo ir en familia a las observaciones astronómicas, al planetario (quien no lo haya visitado debería pedir cita cuanto antes), los talleres y las conferencias, todo de libre acceso y de la mano de profesionales rigurosos y apasionados. Sí, es cierto, Principia es un lugar pequeño, entrañable, de fácil disposición; nada que ver con algunos museos de la ciencia que cunden por ahí. Pero por eso precisamente sale uno de sus salas convencido de que la ciencia no es un saber reservado a unos pocos privilegiados, sino al alcance de cualquier interesado, en las circunstancias más cotidianas. El equipo que dirige José Carlos Clavijo es uno de esos hitos de los que cabe sentirse orgulloso en esta ciudad. Esta semana, sin embargo, la Consejería de Educación ha confirmado que si no se produce un cambio legal en los estatutos (según ciertos informes, al parecer, Principia tiene competencias más próximas a la divulgación que a la educación, lo que ya es rizar el rizo; pero es este matiz, ya ven, el que impide la inversión de fondos) tendrá que salir del consorcio gestor (del que forman parte también la Diputación, Unicaja y el Mecyt), lo que dejaría al centro abocado al cierre. Tal cual. En crudo.

La ciencia se dispone a ser el primer factor de cohesión social de las ciudades occidentales

Pero igual cabe apuntar algunas cuestiones. La primera, por cierto, es esencial y puede formularse de forma tajante: en un futuro inmediato, el primer factor de cohesión social y cultural de las ciudades occidentales no será otro que la divulgación científica. Esto ya es una realidad en algunas de las urbes más importantes del planeta, donde el conocimiento científico salió hace ya bastante tiempo de las universidades para acampar en los lugares más diversos, abiertos y accesibles. El número de festivales de ciencia que se celebran en todo el mundo se ha multiplicado exponencialmente en la última década. Y cabe señalar, si quieren como mera curiosidad, el modo en que los discursos museográficos de los primeros centros de arte de Europa y EEUU están evolucionando a pasos de gigante para introducir la ciencia en sus propuestas expositivas (Málaga no es una excepción al respecto; basta reparar en la abultada inspiración científica de la muestra temporal Calder-Picasso, que acoge actualmente el Museo Picasso). En realidad, esto no es nuevo, ni mucho menos; pero sí lo es su generalización. Hay dos razones que explican este movimiento: por una parte, una demanda creciente por parte de mucha gente que empieza a perderle el respeto a la ciencia y quiere saber más; por otra, la velocidad a la que se suceden hallazgos científicos y tecnológicos tan asombrosos que, como decía Arthur C. Clarke, nos llevan a aceptar como ciencia lo que antes creíamos magia. Esta misma semana se publicó en Nature la demostración de la supremacía cuántica a cargo de Google, con la resolución en tres minutos de una operación que los mayores superordenadores de la actualidad no podrían resolver en menos de 10.000 años. Semejante fascinación, sí, mueve a las masas. Y nuestro alcalde, Francisco de la Torre, que intuye estas cosas a kilómetros, lo tiene clarísimo: por eso puso todo el empeño para el planetario del Campamento Benítez y por eso quiere hacer de Principia un verdadero museo de la ciencia, mayor y con más dotación (qué interesante sería, en este sentido, la inclusión del Ayuntamiento en el consorcio). De modo que cuando esta revolución llegue a Málaga, habrá que dejar claro dónde empezó todo. Así que menos gaitas con la terminología y pónganle solución. Si no, el precio a pagar va a ser más que terrible.

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