Coronavirus en Málaga

Miércoles de acatamiento

  • Ha costado, pero finalmente, y sanciones mediante, el repliegue ante las órdenes de confinamiento se impone en Málaga

  • Y hay quien saca su particular beneficio de la situación

Compradores del Mercado de Huelin, de regreso.

Compradores del Mercado de Huelin, de regreso. / Javier Albiñana (Málaga)

Fue el escritor estadounidense de ciencia-ficción Clifford D. Simak quien alumbró con precocidad la gran fábula de la postmodernidad: en 1952 publicó su novela Ciudad, una historia ambientada en una Tierra futura en la que, tras la extinción de la especie humana por razones que no llega a aclarar del todo, los perros se adueñan de las calles en ruinas y comparten recuerdos, pensamientos, dudas y esperanzas. La virtud de los ecosistemas queda demostrada en la evidencia de que, cuando la actividad humana cesa, los animales toman el relevo: así sucede en el entorno contaminado de Chernobyl, donde en los últimos años han anidado osos, lobos y otras criaturas que no campaban por Ucrania desde hace siglos. Salvando las distancias, quienes han vuelto estos días a las calles de Málaga son los gatos. Se pasean a su antojo por las calles, cazan bichos, persiguen a las palomas, se dejan agasajar por los vecinos y se relamen a gusto bajo los coches. Con la primera a la vuelta de la esquina, cabe esperar  las primeras camadas en unos meses. Se les ve a sus anchas en Huelin, en La Victoria, en Pedregalejo, hasta en el centro. La población que asoma en el Teatro Romano, donde son habituales, es ahora mucho más extensa. Semejante expansión no está exenta de problemas, claro, dado la ingente capacidad de procreación de los felinos; pero también incorpora soluciones en momentos difíciles: si Málaga sufría cierto problema con las ratas, aquí están ellos, cazadores natos, para cortarles el rollo a los roedores. Y cabe recordar que entre las actividades que permite realizar el Gobierno al aire libre, siempre de manera individual, se encuentra la alimentación a los gatos ferales. Todo esto terminará, lo sabemos, con el consecuente control de las colonias, para cuya gestión ya habrá tiempo. Pero que los gatos recuperen su potestad demuestra, ciertamente, que el repliegue es un hecho. Que la cuarentena va en serio. Y que la inmensa mayoría de los malagueños ha asumido la necesidad de quedarse en casa.

Clientes esperan su turno en la puerta de una farmacia. Clientes esperan su turno en la puerta de una farmacia.

Clientes esperan su turno en la puerta de una farmacia. / Javier Albiñana (Málaga)

Ha costado, claro. En los últimos días se ha podido ver a parejas de paseo, corredores, transeúntes que iban a lo suyo como si nada fuera con ellos y otros inconscientes. En el paseo de este miércoles, el único que ni viene de un supermercado ni pasea a un perro es un hombre que indaga con cetrina indiferencia en los contenedores de basura del barrio del Molinillo. Ha habido que pasar por sanciones, no muchas, pero sí las suficientes, a deportistas cabezotas y a conductores pillados in fraganti que habían decidido dar una vuelta convencidos de que no había problema en hacerlo en sus vehículos. En la calle Victoria, un automóvil de la Unidad Militar de Emergencias emite por megafonía instrucciones precisas para que todo el mundo se quede en sus casas. Las tiendas de alimentación han abierto con normalidad y sin una afluencia excesiva: va quedando claro, de paso, que no hace falta acabar con las existencias del supermercado cada vez que se le hace una visita, que el abastecimiento está garantizado y que el miedo no sirve de nada. De hecho, la impresión general tiene que ver mucho más con el acatamiento responsable que con el pánico. En El Perchel, una señora que no oculta su sonrisa y que se ha detenido sola en la acera mantiene una conversación telefónica con quien parece ser su hijo: "Fede, te cambio mañana una botella de vermú por una fiambrera con albóndigas, qué te parece.  Que ya he acabado con el vermú, ya te digo, en ese plan estoy". Queda entre los pocos que salen a las calles, a veces, destellos de humor, de complicidad, de gracia, del estoicismo más humano que reivindica que a pesar de todo seguimos siendo dueños de nuestras vidas. Un servidor habría puesto en boca de esta mujer la máxima de Marco Aurelio: "¿Por qué recelar de la transformación y la disolución de todas las cosas?" Y el único filósofo que llegó a rey, que algo supo de cuarentenas, estaría de acuerdo.

Ante la reducción de la actividad cotidiana, los gatos vuelven a ser los reyes de la calle

El centro es un recinto ya vacío hasta las heces: cualquier presencia humana, salvo la de los policías y los pocos repartidores y trabajadores que se desplazan de acá para allá con vergonzosa velocidad, queda descartada. Ya no hay turistas, ni paseantes, ni gente que pida limosna, ni peatones despistados con mascarilla o sin ella. Sopla un viento frío bajo un cielo de contrastes azules y grises. En la Alameda los autobuses circulan vacíos y ni siquiera quedan taxis. Sólo el Mercado de Atarazanas, con su resistencia diaria, ofrece un contrapunto mínimo, aunque apenas un puñado de compradores se reparte entre sus callejuelas. Y no deja de ser una paradoja el modo en que esta ciudad, convertida en foco de atracción para millones de turistas y visitantes cada año, se presenta ahora así, desprendida, callada, desocupada, con un centro que evoca continuamente las tardes de los domingos de los años 80, cuando había que armarse de valor para meterse por aquí. Málaga es ahora un paréntesis, un silencio con calderón en la partitura, un reposo incómodo de sí misma. Pero cabe señalar, al fin, este paisaje como una victoria previa a la que habrá que celebrar cuando todo esto acabe. La provincia cuenta ya diez víctimas mortales, así que la conciencia llega, otra vez, tarde. Salvo para los gatos, como el romano de la calle Ollerías que sale disparado en dirección a la Goleta para reunirse, tal vez, con los suyos.   

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