Málaga: un 2022 en clave futura

Málagueños de Hoy | El discurso de pablo bujalance

En una ciudad en la que la inaccesibilidad al derecho a la vivienda amenaza con consolidarse como motor de exclusión, necesitamos confiar en los mejores para que quepamos todos

Malagueños de Hoy 2022: La Málaga que sigue dando lo mejor de sí misma

Pablo Bujalance durante su intervención.
Pablo Bujalance durante su intervención. / Javier Albiñana

Málaga/Milan Kundera: “El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y, después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido”. Es muy probable que tengan que pasar aún algunos años hasta que alguien pueda explicarnos, a ciencia cierta, qué ha sido de Málaga en este 2022 que nació prometedor como pocos y que, sin embargo, nos acabó pillando con el pie cambiado. De momento, podemos intuir y adivinar que algunos de los horizontes que dábamos por logrados se han diluido en incógnitas cuya resolución está aún pendiente. El año que ahora acaba se anunciaba como el de la definitiva recuperación social, cultural y económica tras la pesadilla del Covid, pero ya en los primeros compases una guerra con la que pocos contaban en el otro extremo de Europa nos devolvió, plena, la conciencia de nuestra mayor fragilidad. La embestida de Vladimir Putin condujo a nuestro entorno a una crisis energética insostenible y a una inflación desbocada. La sociedad civil se vio así obligada a asumir de nuevo esfuerzos difíciles cuando los sacrificios que hubo que sostener a cuenta de la pandemia estaban aún calientes. En Málaga, la invasión de Ucrania a manos rusas dejó otras víctimas concretas como el Museo Ruso, cuya colección volvió a San Petersburgo mientras el centro de Tabacalera quedaba entre la espada de la guerra de Putin y la pared de la guerra por la cancelación. También hubo que devolver medallas, acoger a refugiados y arremangarse ante la perspectiva de un año difícil. Otro más. En verano volvieron los incendios terribles a la Sierra de Mijas como colofón a toda una serie de diagnósticos térmicos e hídricos que confirmaban la virulencia del cambio climático, un paradigma que exige nuevos hábitos y políticas a la altura.

Mientras tanto, la provincia de Málaga se disponía a revestirse de color electoral conforme los partidos iban confirmando a sus candidatos para las elecciones municipales de 2023. Y ya se sabe que en modo preelectoral cada palabra dicha en el debate político multiplica su peso por dos, por más que, en fondo y en forma, respiremos siempre ese ambiente en el que parecemos jugárnoslo todo al siguiente envite. En la capital, proyectos que parecían cantados como la torre del Puerto quedaban condicionados por una serie de improbables movimientos del tablero político que terminaron por abrir un paréntesis forzoso hasta los próximos comicios. Mayor unanimidad concitó la candidatura de Málaga como sede de la Exposición Internacional de 2027, que habrá de ofrecer respuestas al reto urgente de la sostenibilidad. Málaga es consciente, como seguramente no lo ha sido nunca en su historia, de que es una ciudad por hacer. Y esto se ha traducido, con especial énfasis este año, en la entrada en juego de diversos modelos de desarrollo, a menudo opuestos, entre el bosque urbano y los rascacielos en Repsol, entre la misma torre del Puerto y la preservación del paisaje más característico de la ciudad, entre la llegada de las primeras firmas internacionales del sector tecnológico y un tejido productivo sin alternativas ante el apogeo turístico, entre la entrada en juego de proyectos profundamente transformadores, como el que atañe al Eje Litoral, y los movimientos ciudadanos que reclaman más espacio público, más zonas verdes, barrios más limpios y un centro menos saturado. Málaga es esa urbe que aspira a ser una gran metrópoli y que, al mismo tiempo, quiere seguir siendo cálida, amable y acogedora. Y hará falta una buena dosis de generosidad democrática para que este debate, en lugar de escindirnos, logre unir a todos los malagueños. No será fácil: asistimos a una coyuntura en la que los modelos de ciudad evolucionan, cambian, se afirman y se descartan a una velocidad muy superior de la requerida para emprender los proyectos necesarios. Recordemos las palabras del entonces consejero de la Presidencia, Elías Bendodo, cuando, en un tiempo no muy lejano, manifestó su convicción de que los malagueños podrían llegar en Metro al centro en la Feria de agosto de 2022.

Ante esta incertidumbre, ¿qué certezas nos quedan, a qué verdades podemos aferrarnos? ¿A dónde nos llevarán estas incógnitas que nos ha dejado el año 2022, esquivo y poco dado a las categorizaciones al uso? Si de señalar un motivo de confianza se trata, no tendremos mejor aliado que el talento, el genio creativo, la capacidad de superación y el coraje de muchos malagueños, representados aquí en nuestros Malagueños de Hoy. Me permito remitirme a la mediterraneidad viva, presente, histórica, significativa, rebelde, inconformista, política y sanadora que Aurora Luque, reconocida también este año con el Premio Nacional de Poesía, ha expresado con una riqueza única en sus poemas:

Una ciudad del sur con su mitología

urbana vagamente, subrayada de mar,

desgarrada de instintos,

con toda la belleza luchando por asirse

con dignidad a un resto sin materia.

Tanta, tanta es la luz sin asidero…

Otra figura clave de la cultura contemporánea, Emilio Lledó, a quien tanto admiramos, nos recuerda en su último libro, Identidad y Amistad que la polis nació en la antigua Grecia ante la evidencia de que ninguno de nosotros puede salir adelante por sí mismo. De que necesitamos al otro, aunque piense distinto, aunque venga de otra parte, aunque sus valores parezcan retar a los nuestros, para alcanzar esa estabilidad permanentemente amenazada por fenómenos que no podemos controlar. En una ciudad en la que la inaccesibilidad al derecho a la vivienda amenaza con consolidarse como feroz motor de exclusión, necesitamos confiar en los mejores para garantizarnos una Málaga en la que quepamos todos. Albert Camus afirmó que la democracia consiste en considerar que el otro puede tener razón. Y quién sabe si, en medio de una sociedad europea cada vez más polarizada, ante el empuje de extremismos que nos devuelven, íntegros, los peores miedos del siglo XX, podríamos hacer de Málaga un verdadero emblema de tolerancia, comprensión, esfuerzo común, cultura compartida y convivencia. Una Málaga que haga honor a su condición de ciudad libre, hospitalaria y benéfica, en su mejor tradición mediterránea, que no considera a nadie extraño y que cuida bien de los suyos, esto es, de todos. No sé si estos argumentos darían para una Exposición Internacional. Pero sí sé que valdrá la pena intentarlo.

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