El ‘show’ de Trump arrasa audiencias
Razón de periferia
Atravesado por la ronda este y extendido a lo largo del arroyo Jaboneros, este enclave levantado en los años 60 a costa del éxodo rural es una ciudad de silencio sostenida en sí misma
Para llegar a La Mosca, a no ser que se conozca el entramado de Pedregalejo como la palma de la mano, lo mejor es tomar el autobús de la línea 34 de la EMT. En esta mañana en la que el otoño por venir promete ya algunas sombras y hasta algunas gotas celestes, el tráfico abunda y el mediano automóvil sigue su camino con abultada paciencia, pero las conversaciones entre los vecinos que luego bajarán al unísono en la calle Eucaliptus ofrecen al testigo impertinente bastantes pistas. La mayor parte son señoras de notable edad que han bajado al centro para buscar avituallamiento en el Mercado Central, pero también algunos jóvenes y hasta algún turista despistado. Los autóctonos hablan con desparpajo y sonora complicidad sobre lo que van a almorzar ese día, pero también se dan confidencias más prosaicas, "hace tiempo que no veo a tu padre", "está bien, aunque está más delgado, baja todas las mañanas al Palo a las siete y a las diez ya está de vuelta", "claro, es que está muy delgado tu padre", "sí, pero está muy bien", como si el estar delgado fuese un síntoma de buena salud o de todo lo contrario. El autobús serpentea, sube algunas cuestas, precisa de la tracción especial para enfilar ciertos carriles y al final, tras surcar la avenida Amador de los Ríos y un buen puñado de atajos posteriores, se llega a la citada calle Eucaliptus. Un servidor desciende un poco más adelante, con el autobús ya prácticamente vacío, cerca ya de la calle Méndez de Sotomayor. Y se hace difícil creer, a primera vista, que Cerrado de Calderón se encuentra a pocos metros. La sensación es similar a la que registra el protagonista de Pedro Páramo, de Juan Rulfo. La Mosca es un depósito de casas en la ladera de un enorme barranco, una ciudad sostenida en sí misma, erguida en vertical y de trazado urbanístico imposible. Hay algunas urbanizaciones y viviendas más recientes, pero predominan las tejas, las fachadas encaladas, las rejas. No faltan detalles de yeso y escayola de dudoso gusto. Ante semejante panorama, sin material humano al que aferrarse, uno empieza a caminar, convencido ya de que Málaga encierra tantas málagas en su seno como paisajes puede recordar la memoria.
Por la misma calle Eucaliptus hasta el paraje conocido como El Chorrillo, por Manuel Solano, desfila este paraje rural en el que el tiempo se ha sometido a los cobertizos. No hay muchos barrios de la capital en los que uno pueda encontrar gallinas campando a sus anchas por las aceras, pero en La Mosca las hay. Uno se anima a subir las cuestas, pero antes admira (no hay muchas oportunidades) la obra faraónica de la ronda este, que atraviesa el barrio, desde abajo. El ruido que provoca el tráfico es notable, y cada vez que un camión pisa un bache suena algo parecido a un trueno y la base de la soberana estructura parece tambalearse. La cima de esta ascensión es el colegio público La Biznaga, visible ya desde la propia autovía, cuyo nombre remite ya a cierta tradición imborrable del mapa genético malagueño. La Mosca se levantó en los años 60 como resultado del éxodo rural que produjo la llegada masiva a la capital de gentes del campo, con el agua al cuello por la crisis de la agricultura y atraídos por el desarrollo de la construcción. Sin embargo, da la sensación de que, al contrario que en otros barrios nacidos con similares razones como Mangas Verdes, quienes se apostaron aquí decidieron seguir en el campo sin salir de la ciudad. Por eso, La Mosca, que hace sólo un par de semanas vivió sus fiestas anuales, es uno de los centros neurálgicos en la Málaga urbana de los verdiales, folclore campesino donde los haya. En muchos de esos cobertizos se adivinan aperos de labranza, y la mayoría de los coches, aparcados en las aceras y a menudo tranquilamente abiertos, son land rover adaptados a los contornos más agrestes. Quien siga creyendo que Málaga debe su presente exclusivamente a los industriales europeos que instalaron aquí sus fábricas en el siglo XIX, debería darse un paseo por La Mosca. El interior, duro, de tierra en la mano y de barro en los zapatos, sale al paso inevitablemente en esta zona, tan de Málaga como El Limonar. Sorprende, sin embargo, encontrar alguna casa a medio hacer, apenas cerrados los muros, con anuncios pintados con tiza de Se vende. Aquí también ha azotado la crisis con rabia: la mayoría de la población más joven del barrio ha seguido los motivos de sus mayores y se ha dedicado a la construcción. Los tiempos no son menos difíciles en la periferia.
Pero todo este paseo sigue sin apenas vecinos de los que dar cuenta, salvo algún anciano que sestea antes del almuerzo en su porche (la estampa resulta idílica, hasta envidiable) y algún jovenzuelo con equipación futbolística. En el camino aparece un recinto infantil con columpios desocupados y un extraño parque, construido a la memoria del vecino Rafael Santiago (al igual que un busto central en el que se honra su recuerdo y en el que homenajeado se da cierto aire a Stalin) y extendido bajo la sombra de los eucaliptos que dan nombre a la calle. Justo aquí se encuentra el límite natural del barrio, el arroyo Jaboneros, que empuja un fino hilo de agua por un estrecho surco de piedras y caídas, revelando alguna estructura antigua edificada para su encauzamiento hasta la desembocadura. El acceso al arroyo resulta tan fácil como peligroso: un acceso en el mismo parque Rafael Santiago, que debería estar cerrado y que consta únicamente de una sencilla barra alzada, se muestra más abandonado que abierto. No faltan en el paraje, donde el mismo otoño apunta también con hojas caídas, algunos ejemplares de aves depredadoras, pero tampoco bolsas de basuras ni desechos irreductibles.
Por fin salen al paso un par de bares, de los de toda la vida, en los que algunos hombres toman una cerveza y miran con cierto recelo al desconocido. La vida está mal en todas partes, asegura uno de ellos, pero aquí, al menos vivimos tranquilos. Desde luego. A pesar del fragor continuo que llega desde la autovía y de algunos perros que se niegan a callar, el silencio gobierna todos los escondrijos de La Mosca. Pero, como ocurre a menudo, quien se atreva a rascar más allá de la superficie obtendrá recompensa: en la misma calle Escritor Manuel Solano, cerca del Chorrillo, se exhibe de manera permanente en una casa abierta a visitas el Nacimiento navideño más grande de la capital malagueña. Quienes pregunten por él lo encontrarán, pero quienes aún así prefieran ahorrarse el paseo pueden ver un magnífico vídeo del Belén en Youtube. La vuelta se hace en el mismo autobús con la seguridad plena de que Málaga es inabarcable. Como la vida.
No hay comentarios