Rescate de Julen en Totalán El pozo del tiempo

  • El paso de los días empieza a pesar en Totalán, tanto para quienes se empeñan en mantener viva la esperanza como para quienes se saben demasiado cerca de una tragedia imposible de nombrar

Vecinos de Totalán, este lunes. Vecinos de Totalán, este lunes.

Vecinos de Totalán, este lunes. / Javier Albiñana (Totalán)

El bar Arriba y Abajo está decorado en su interior con motivos de la República de Weimar y de la Europa de los años 20. Cada mañana, un buen puñado de vecinos se reúnen aquí para seguir de cerca las noticias sobre el rescate de Julen en el gran televisor del salón inferior y comentar la evolución de la situación mientras toman café. Dos hombres, uno vestido con brillante chupa de cuero y otro con indumentaria militar que delata su querencia cazadora, de pie ambos junto a la barra, recuerdan las dificultades que tuvo que afrontar un tercero para abrir un pozo en un terreno cercano en el que, presuntamente, lo tenía todo a favor. El de la chupa, singularmente expresivo en sus gestos, sentencia: “Es que una vez que metes la pala ya no sabes qué te vas a encontrar. Puedes meterte varios metros en tierra blanda y de buenas a primeras toparte con una piedra a la que le tienes que meter la barrena. No hay manera de saber qué va a pasar. Ni ellos ni nadie pueden saberlo”. Ellos son quienes llevan ocho días trabajando en el cerro de la Corona para sacar a Julen. Alguien cuenta que el fin de semana se plantó en el pueblo un geólogo llegado de una universidad dispuesto a poner su conocimiento al servicio de la exploración del terreno y fue cortésmente rechazado por los responsables de la operación: ya hay suficientes geólogos, mineros y expertos de todo tipo aquí arriba.  Otro vecino, llamado Alberto, que luce una larga melena cana y cierto aroma nostálgico, como recién salido de una novela sobre la resistencia antifranquista, hojea el periódico con preocupación: “Ha pasado ya mucho tiempo y a estas alturas uno no sabe ya qué pensar. Cada día es más difícil mantener la esperanza. Lo único que nos queda es el deseo de que salga todo bien, y cuanto antes”. Suena entonces una sirena: en el colegio Virgen del Rosario ha llegado la hora del recreo y los niños salen al patio a jugar. Su algarabía rompe el silencio en el que se mece el pueblo y que hace perfectamente audible el piar de los pájaros. La mirada de Alberto, de por sí melancólica, casi se torna sombría. No hacen falta palabras. Estos niños juegan, despreocupados, inocentes, como si el mundo siguiera su curso sin más a unos metros de donde otro niño espera una salvación cada vez más angustiosa. Llegan algunos periodistas de la televisión. Preguntan a la joven que sirve los cafés si quiere hacer algunas declaraciones. La chica declina. “Mejor vayan a preguntar a las mujeres de la asociación”, aconseja. El local donde se reúnen las mujeres que cada día hacen de comer y preparan los recursos esenciales para quienes trabajan día y noche en torno al pozo recibe a las primeras vecinas. En la pantalla de plasma, ahora es Juan Manuel Moreno Bonilla quien da cuenta de la composición de su Gobierno. Los vecinos empiezan a salir del bar, poco a poco, cabizbajos. Un hombre grueso y alto, con la cabeza afeitada y vestido con una simple camiseta a pesar del frío, expresa su frustración. Esperaban noticias de mayor alcance, pero no las hay. Los técnicos han rematado los trabajos hace poco más de una hora. Apenas se ha avanzado un metro desde el último parte. A una profundidad de cincuenta y tres, todavía falta seis para empezar a retirar la tierra en paralelo al suelo hasta donde todo el mundo aguarda que esté Julen. Hay que armarse de paciencia. Más todavía.

Casas blancas en el pueblo. Casas blancas en el pueblo.

Casas blancas en el pueblo. / Javier Albiñana (Totalán)

Totalán ocupa un bellísimo enclave rodeado de almendros en la Axarquía. Lo primero que encuentra el visitante es el tanatorio, y justo enfrente, en un plaza coqueta y ajardinada, un monumento a Antonio Molina: nadie ha podido determinar con precisión dónde nació exactamente el popular cantante, pero aquí, en el municipio de donde eran sus padres, lo tienen clarísimo. Justo en la entrada del pueblo se encuentra la casa que acoge a los padres de Julen. El padre entra y sale con regularidad a bordo de los coches de la Guardia Civil. Otro coche, éste oficial, conduce a la subdelegada del Gobierno en Málaga, María Gámez, que viene esta mañana al encuentro de la familia. Ha amanecido un lunes sombrío, con un viento helado. Algo más tarde saldrá el sol, pero hasta entonces todas las manos van metidas en los bolsillos. Desde aquí hasta el cerro de la Corona hay una distancia de unos seiscientos metros que pueden recorrerse plácidamente a pie, en un firme llano y perfectamente acondicionado para el peatón a lo largo del Paseo de la Salud. La vista de la sierra es desde aquí magnífica: el paisaje lleno del almendros se pierde hasta el horizonte, con la línea del mar dibujada como el límite de un lienzo. Dos abuelos que se cubren con sus gorras de pana escuchan un transistor en busca de noticias, sin éxito. Hay parejas que van y vienen, con prendas deportivas y con sus perros, haciendo un poco de ejercicio. Una mujer que viste una sudadera de Decathlon pregunta si hay alguna novedad. Nada. “Ay, cuánto tiempo más habrá que esperar”, se pregunta, con un gesto compungido. Todos los vecinos que se cruzan en el camino dan los buenos días. Uno de ellos cuenta que esta mañana se veía desde este mismo paseo el eclipse de luna “como si estuvieras allí”. Por lo general, cuando los periodistas preguntan con sus micrófonos en ristre acceden sin problemas. Pero algunos recelan. Cada vez más, según algunos compañeros. La prolongación de la excepcionalidad que confirma la presencia perenne de reporteros ha llegado a cansar a muchos que prefieren volver a la placidez de sus vidas de siempre, a dejar de vivir en el ojo del huracán. La impresión es que el tiempo empieza a pesar demasiado, tanto para quienes se empeñan en mantener la esperanza como quienes se saben demasiado cerca de una tragedia imposible de nombrar. Muy pocos aseguran conocer a la familia, apenas de vista, vienen aquí de vez en cuando, comenta otra mujer que pasea con su yorkshire. La falta de nuevas noticias, de nuevos motivos para mantener la alerta, ha caído como un mazazo. El tiempo es para Totalán otro pozo a cuyo fin no se ve la luz. Ni siquiera el mismo fin. Todo forma parte, en la rutina diaria, en los quehaceres domésticos así empañados por una intromisión de la catástrofe, del más desesperante todavía.

En el cruce del sendero que conduce al cerro de la Corona, el dispositivo mantiene sin embargo intacta su eficacia. Los efectivos de Protección Civil se muestran expectantes mientras la Guardia Civil dirige el tráfico e insiste a los periodistas recién llegados que continúen en dirección al pueblo, que en la carretera ya no caben más coches. Hay ciclistas que acaban de llegar aquí desde La Cala del Moral, extenuados después de seis quilómetros de una pendiente harto pronunciada, y aprovechan para hacer un alto y contemplar la jugada mientras toman aire. El desfile de apisonadoras y camiones que transportan los más diversos materiales es continuo. Dejada a un lado la vía que sigue en dirección a Olías, para subir al cerro hay que tomar un camino de tierra de acceso muy complicado. Un camión que acaba de llegar con un cargamento de vigas emprende la subida y como unos cincuenta metros después la pendiente resulta ser determinante: con mucho cuidado, y muy poco a poco, el conductor deja caer el vehículo hacia atrás y, tras tomar la distancia correspondiente, empieza a subir de nuevo a una velocidad mucho mayor hasta que logra encauzar con éxito el ascenso. El agente de la Guardia Civil que ha dirigido la maniobra confirma que el pozo del tiempo también se deja notar tan cerca de Julen: “Hay gente que ha perdido la cuenta de las horas que lleva echando aquí desde que empezó todo. Todos mantienen el ánimo, pero cada vez es más difícil”. Desde la carretera se percibe el operativo, las tiendas, los artefactos. El análisis de los técnicos no es halagüeño: las máquinas están trabajando al límite de sus posibilidades y demasiadas horas seguidas. No se puede hacer más.

La algarabía de los niños del colegio Virgen del Rosario a la hora del recreo deja una sensación agridulce: a apenas seiscientos metros, otro niño espera ser rescatado

Hace entre cinco y seis mil años, en pleno Neolítico, una comunidad de habitantes de la zona conquistó la cima del cerro y alzó un dolmen funerario. El enclave es desde luego idóneo, con una panorámica que permite realizar un seguimiento completo del trayecto del sol sobre la sierra, desde su salida hasta el ocaso, con el mar de fondo confundido con el cielo. Un vecino explica que en días claros se percibe desde ahí arriba la costa africana sin mucha dificultad. La naturaleza se vierte así en toda su inmensidad, con el ciclo solar en plenitud y con la sierra orientada hacia este ángulo como un templo salvaje: justo el tipo de lugares que los antiguos pobladores buscaban para sus enterramientos, guiados por primarios instintos animistas que les movían a profesar un respeto providencial por esa coordinación de elementos naturales. Los arqueólogos encontraron restos de diez cuerpos enterrados en la construcción funeraria. Los individuos más jóvenes que tuvieron aquí su sepultura tenían tres o cuatro años. Pero no todo lo que se halla bajo el suelo ha quedado sepultado por el olvido: todos los que siguen aquí esperan ver rescatado a otro niño con vida. En la barra del bar Arriba y Abajo, acabado el café, hemos sellado un pacto: si Julen sale con vida, volveremos desde Málaga y lo celebraremos. Dicho queda.

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