La guerra silenciosa
Calle Larios
Hay otras masacres soslayadas, cercanas, tal vez en el portal de al lado, que llevan años librándose y que poco o nada inquietan a la opinión pública
Me encontré un atasco monumental en el Centro cuando iba a recoger a Irene del curso de mediación escolar. Había un motivo para el colapso: la manifestación del 8M. Así que me armé de paciencia democrática y di por buena la jugada, en parte, porque pude comunicarme con Irene y darle instrucciones para que me esperara hasta mi llegada. Las gentes empeñadas en denigrar y tirar por tierra la labor que se desarrolla a diario en nuestros centros educativos (pocos deportes sociales salen tan rentables hoy día) desconocen que la mayoría de estos colegios e institutos, públicos y concertados, crean sus propios equipos de mediación, formados por los propios alumnos bajo la tutela de orientadores y profesores, que se encargan de intervenir en conflictos que puedan darse entre estudiantes para su resolución. Y, sí, estos equipos cuentan con cursos de formación en los que se dota a sus miembros de herramientas para resolver esos conflictos. Ni los medios de comunicación ni la misma administración pública prestan demasiada atención a estas cosas, pero resulta que estos equipos, absolutamente autogestionados e independientes, evitan una más que notable de cantidad de casos de abusos, inadaptación, autolesiones y suicidios que luego, cuando tristemente suceden, sí son pregonados. Irene, como buena mediadora, no suelta prenda en casa de los conflictos en los que interviene, pero a grandes rasgos sabemos que el paisaje es poco prometedor, con el índice de suicidios y conductas lesivas entre adolescentes disparado desde que estalló la pandemia y con una tendencia especialmente preocupante en Málaga, donde la tasa de suicidio ha sido tradicionalmente elevada. Pensaba el otro día en todo esto metido en mi coche, resignado ante el atasco, sin dejar de mirar el reloj. Desde hace algún tiempo se viene concienciando desde medios de comunicación y distintas organizaciones de la necesidad de hablar del suicidio, de afrontar los casos a cara descubierta, de eliminar los tabúes y abordar estas cosas por su nombre a modo de prevención eficaz. La misma incidencia de autólisis en edades cada vez más tempranas parece dar la razón a tal empeño, pero un servidor, la verdad, preferiría un poco más de cautela: por una parte, y a tenor de los casos que he podido conocer de manera más cercana, no sé hasta qué punto a las familias de las víctimas les parece tan bien, de forma generalizada, que su experiencia salte a la opinión pública así, sin más, cuando de hecho a menudo se acuerdan relatos alternativos para proteger a los parientes más débiles; por otra, algunos de los que con más entusiasmo han subrayado la necesidad de hablar del suicidio y de subrayar el mismo como causa directa en una muerte trágica sin filtro ni rasero han mostrado antes poco reparo a la hora de alentar ciertas informaciones sin más utilidad que el morbo, puro y duro, así que no puedo evitar pensar en estos profetas como en lobos vestidos con piel de cordero. Claro que hay que hablar del suicidio, pero para ello hace falta un tacto y una sensibilidad de los que, en estos tiempos de combustión rápida, ni los medios ni las administraciones han hecho gala. Sin embargo, lo que más llama la atención es que las causas que pueden inducir a los adolescentes a quitarse la vida rara vez son denunciadas en los mismos púlpitos. Aquí las prisas son muchas menos, en parte porque igual hay que darle un toque de atención al patrón. Ya ven lo que puede dar de sí un buen atasco.
Tendrían que decir algo al respecto los sociólogos, pero sospecho que pocas veces en la historia de España se ha pronunciado un dictamen tan unánime contra una generación entera como el que se dirige a la que actualmente se busca la vida en nuestros centros educativos. Líderes de opinión, intelectuales respetados, apóstoles del prime time y algún que otro pedagogo preocupado han utilizado todos los canales posibles para insistir en que nuestros jóvenes son unos holgazanes, adictos irrecuperables, parásitos sin valores, chupópteros dispuestos a vivir del cuento, con un discurso dotado de un totalitarismo feroz. A estos adolescentes les han aplicado etiquetas tan infames como la de Generación Ni-Ni y se les ha hecho ver que lo que pase con ellos depende exclusivamente de su esfuerzo, sin atender a las condiciones que se dan en sus hogares, pasando por alto los cambios continuos de leyes educativas y la improvisación arbitraria a la que se condena a los centros. En nuestro amable contexto liberal, los responsables políticos del ramo han dejado bien claro que, aquí, quien quiera contextos educativos inspiradores y sanos tendrá que pagárselos, mientras se adscribe a la educación pública a la falta endémica de recursos y a ratios imposibles. Eso sí, la llegada o la creación de una nueva universidad privada es aplaudida sin reservas, todo en el orden más high tech. Sin embargo, la misma sentencia ha dejado bien claro a nuestros jóvenes que si sus vidas son una piltrafa ellos mismos se lo han buscado. Pues bien, si creíamos que con todo esto íbamos a salir de rositas estábamos muy equivocados. Tanto tiempo acumulamos ya llevados a engaño, mirando para otro lado, pero resulta que esta sentencia está dejando víctimas a espuertas que lo están pagando con sus vidas, porque hay que ser verdaderamente de hierro para aguantar ciertas cosas y que encima hablen así de ti en todas partes, y a nadie se le ocurre pensar que las políticas vigentes pueden tener algo que ver; que, si se dotara de más recursos y más profesionales a colegios e institutos para garantizar un seguimiento más personalizado y humano de cada alumno, y si se aplicaran medidas para paliar la exclusión social a la que se ven abocadas tantas familias, se evitarían muchas desgracias. Claro, es genial hablar del suicidio, ¡hablemos del suicidio!, pero a lo mejor algunas de las causas son un pelín incómodas. Si los adultos tuvieran que soportar la presión a la que viven sometidos buena parte de nuestros jóvenes, obligados a dar la mejor versión de sí mismos todo el tiempo, el signo del drama sería, seguro, muy distinto.
Siempre resulta estremecedor aceptar que se libra una guerra en la que mueren civiles a diario. Pero hay otras masacres, silenciosas, soslayadas, que llevan librándose años y que en nada inquietan a la opinión pública. Otras guerras, mucho más cercanas, declaradas tal vez en el portal de al lado, que se llevan vidas por delante y cuyos réditos económicos son visibles. Metido en mi atasco, en la manifestación del 8M, me dio por pensar en cuánta igualdad queda por conquistar, también, con criterios de edad además de género. Frente a quienes consideran que los adolescentes son unos merecidos malcriados habría que afirmar, de manera clara y rotunda, que ellos también merecen la igualdad. Aquí hay otra violencia cuyas víctimas tienen nombre y apellido. Y llevan demasiado tiempo esperando una reparación.
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