Calle Larios

La máquina de hacer malagueños

  • Si los nativos no nacen, habrá que inventárselos

  • O quizá sea más razonable entregarse a los brazos de la extinción mientras los turistas futuros encuentran la ciudad disponible para ellos solos

Chiara Luna fue la primera malagueña que nació en 2021 en el Materno. A ver quién es el segundo.

Chiara Luna fue la primera malagueña que nació en 2021 en el Materno. A ver quién es el segundo. / M. H.

Hace un año comenzaba el confinamiento y la, según muchos, gran bacanal. Con todo el mundo metido en casa, mucho tiempo por delante y pocas opciones para el ejercicio físico, la ocasión la pintaban calva para el dale que te pego y el consiguiente nacimiento de nuevos vástagos dispuestos a poblar la tierra. Las ofertas de ocio quedaron reducidas al orden virtual, con lo que el fornicio se alzaba como única alternativa analógica al alcance de la mano (con perdón), un remanso de sábanas mojadas como para dejar en mantilla al mismísimo Bocaccio. Pero resulta que no: el número de nacimientos se ha desplomado en Málaga, con registros en los últimos meses entre un 15% y un 22% inferiores respecto al mismo periodo el año pasado. Y tal balance sólo puede significar dos cosas: o bien el desenfreno no fue tal y se impuso igualmente la modalidad virtual para el desahogo particular, o bien la calidad de los métodos anticonceptivos ha mejorado exponencialmente en los últimos meses, ta vez en alianza con el deterioro de la humana capacidad reproductiva (de alguna forma se tenía que notar que el desarrollo tecnológico nos ha llevado a Marte, maldita sea). Bien visto, las restricciones reducían las opciones al ámbito doméstico, donde, por lo general, casi siempre hay alguien mirando. Y, bueno, si recuerdan aquellas recomendaciones de la OMS en relación a las prácticas sexuales, que debían ser asépticas, sin besitos, un tanto a la manera de las tortugas gigantes de las Galápagos, podía ser que la ilusión se viera mermada: tampoco es cuestión de meterse mano como si fuera uno al cajero automático, diantre. Y por último, en fin, con todo el apocalipsis que se cernía sobre nuestras cabezas, con un mundo boca abajo, a merced de líderes bocazas e inútiles, abandonado al criterio de extremismos cada vez más acusados y con una epidemia que contaba alegremente los muertos por millones, también se entiende que más de uno se lo pensara dos veces antes de traer un hijo al mundo. La pandemia vino a darle en este sentido la razón a lo que William Shakespeare puso en boca del rey Lear: “Cuando uno nace, lo único que puede hacer es llorar por haber llegado a este escenario de idiotas”. Y en ésas estamos, supongo. Lo cierto es que los malagueños se acaban, se agotan, y no hay reemplazo. Lo de morir se nos da de lujo, pero en lo de nacer vamos de culo. Así que igual hay que inventarse algo: tal vez algo así como una máquina de hacer malagueños (tomo para el título de este artículo el del libro del poeta portugués Valter Hugo Mâe La máquina de hacer españoles), una Tyrell Corporation especializada en alumbrar artificiales amantes del pescaíto, del Cautivo y de las torres muy altas. Seguramente, no notaríamos la diferencia.

Lo de morir se nos da de lujo, pero en lo de nacer vamos de culo

O, si no nacen malagueños nuevos, a lo mejor lo más razonable es dejarlo estar. Entregar la población a los cálidos brazos de la extinción y disolverse al fin en un silencio de polvo y olvido. Dejar a perpetuidad las calles vacías, como en un toque de queda sin remisión y sin nadie deseando volver. Además de una sana resignación estoica a lo inevitable, Málaga ganaría algo que, de alguna forma, lleva mucho tiempo buscando: una ciudad sin vecinos, una Málaga sin malagueños. Quedarían así calles, plazas y viviendas a merced de los turistas futuros, que, convenientemente vacunados, reducida ya la epidemia a un mal sueño, podrían disponer de todo lo que quisieran a sus anchas, organizar despedidas de soltero sin temor a ser sancionados, circular en sus patinetes a cien por hora sin tener que reparar en vulgares peatones, montar sus fiestas hasta las tantas sin nadie al otro lado de la pared que se queje o llame a la policía. Me refiero, claro, al turismo chungo, el más feroz, ése que muestra una preferencia casi idólatra por la Costa del Sol, el que coge la tajá más gorda a las cinco de la tarde y exige que le recojan la papilla. Si Málaga se quedara sin malagueños llegaría a ser, al fin, la potencia turística internacional que muchos han soñado desde siempre, sin pelagatos que salgan a quejarse porque van a construir un rascacielos en el Puerto. Ahí sí que no habría competencia: ¿quién iba a querer ir a Valencia pudiendo hacer en Málaga cualquier cosa sin indígenas empeñados en dormir y en reclamar derechos? Hágase el milagro y promociónese en Fitur la esterilización local. Amén.

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