Málaga: la reflexión tranquila
Calle Larios
De eso se trata, de asumir que el tiempo de las decisiones unilaterales ya pasó, de abrir espacios seguros para contrastar ideas y de reconocer a la ciudadanía como sujeto político en el día a día grandes
La grandeza de Málaga
Por alguna extraña razón, numerosas personas de mi entorno han decidido meterse en obras estas semanas. Igual el mes de febrero exhala un encantamiento letal que invita a los incautos a reformar sus casas, pero así está la cosa, unos han decidido cambiar su cocina, otros ampliar un baño, otros tirar un tabique para hacer concesiones a la moda del espacio abierto y hay quien se las ve y se las desea con la Gerencia de Urbanismo porque no tiene claro que la habitación que quiere encajar en el patio sea del todo legal. Un servidor se echa a temblar como un cervatillo en la sabana nada más escuchar la palabra obras, en cuyo significado, seguramente, se encuentra la acotación más clara y definitiva del infierno (sería divertido preguntarle al señor obispo al respecto). Pero, ya ven, nada más pasar la cuesta de enero ahí está todo el mundo, calibrando cómo meterle mano a sus viviendas para hacerlas más apetecibles y reactivar el encanto. Una amiga que encuentra su cocina anticuada e inhóspita me confesó que está hecha un lío, que no da con la tecla de su configuración ideal, así que me preguntó si podía pasarle el contacto de algún diseñador de interiores de confianza, y eso hice. “Es que no es cualquier cosa, es mi cocina, paso ahí muchas horas y quiero estar segura de lo que voy a hacer”, me contaba. En aquella misma conversación, otro amigo puntualizó que no solo hay que pensar bien lo que se hace, sino estar pendiente durante la ejecución de las obras para comprobar que lo que se hace es lo que debía hacerse. Este amigo, que rehúye las obras tanto como yo, aprovechó para hacer un viaje y quitarse de en medio durante el periodo señalado para la reforma de su casa; tanta era la confianza que le inspiraba el albañil al cargo, pero, cuando volvió de su escapada y comprobó el estado de la ejecución, solo pudo arrepentirse de su decisión ante el fatal desaguisado. Efectivamente, lo malo de las obras no tiene que ver solo con el desembolso y la paciencia, también con la evidencia de que hay que pensar bien lo que se hace y con la responsabilidad que uno asume hasta el desenlace. Yo sigo pensando, en fin, que meterse en obras es siempre una idea nefasta. Pero nuestra especie parece angustiarse de manera estúpida ante la idea de habitar durante demasiado tiempo un espacio inmutable.
Todo este rollo, querido lector, tiene que ver con las ciudades en general y con Málaga en particular, no crea. Sobre todo si aplicamos la máxima por la que corresponde actuar con la ciudad en que se vive igual que con la casa que se habita. Hace unos días, el presidente de la Autoridad Portuaria, Carlos Rubio, anunció la paralización de la instalación de las esculturas de Ginés Serrán en el acceso del Puerto, prevista para el próximo día 21, así como la convocatoria de un consejo extraordinario para evaluar, entre otras cuestiones, una limitación del plazo en el que las piezas permanecerán expuestas. Rubio hizo una afirmación que me parece ilustrativa y fundamental: “Creo que, ante la controversia surgida, es bueno que hagamos una reflexión tranquila”. Y no sé a usted, lector, pero a mí esto de la reflexión tranquila me suena a bálsamo, a remedio reconciliador, porque eso es exactamente lo que Málaga en su conjunto lleva necesitando muchos años: una reflexión tranquila. Resulta paradójico que pongamos en marcha planes estratégicos, que concitemos la opinión de los expertos y que, al mismo tiempo, parezca tan fácil tomar decisiones sensibles de un día para otro cuyas consecuencias serán determinantes a efectos de convivencia y espacio público. Pero sería oportuno considerar, de una vez, que el tiempo de las decisiones unilaterales ya ha pasado, que ya no tiene sentido adoptar medidas porque sí, ni siquiera por el bien de todos cuando es una sola cabeza la que decide en qué consiste el bien de todos. Es cierto que Málaga ha acusado décadas de déficit de cultura democrática, que mientras salieran las cuentas y quedara un bar donde servir cervezas tanto daba, pero, sí, es importante considerar que ya estamos en otro momento histórico. Un momento en el que el virtuosismo político se demuestra no en el liderazgo vetusto, sino en la posibilidad de que gente que piensa distinto se ponga de acuerdo; esto es, en la creación de ámbitos seguros en los que contrastar ideas y en los que acometer una reflexión tranquila cada vez que haya que acordar una decisión importante. Ojo, esto no tiene que ver con el Puerto, ni con el alcalde ni con la oposición: esto tiene que ver con un paradigma al que aquí le han dado la espalda responsables de todo signo desde la Transición. Pero esta estrategia está ya caduca. Son otros tiempos y, como cantaba Bob Dylan, si no estás dispuesto a echar una mano, lo mejor será que te hagas a un lado.
Una de las peores consecuencias de los populismos ha sido la erosión de la ciudadanía como estamento político. Sin embargo, la alternativa a las decisiones unilaterales, la llave para una reflexión tranquila, es precisamente la ciudadanía. No hay otra. Al menos, en democracia. Y si algo han demostrado las últimas décadas es que, en Málaga, la ciudadanía sí ha cobrado conciencia de su capacidad de transformar las cosas, aunque cada gesto de su parte se interprete como controversia o interés partidista. Pero conviene no llevarse a engaño: la misma ciudadanía que ha permitido entender en este caso la idoneidad de una reflexión tranquila es la misma que terminará de revocar el proyecto del rascacielos del Puerto y la misma que ganará el Bosque Urbano. Así que les conviene a quienes reciben de la misma ciudadanía la capacidad de tomar decisiones llevarse bien con ella. En su reinvención constante, en su metamorfosis continua, Málaga puede convertirse en el laboratorio idóneo para poner a prueba nuevos mecanismos desde la democracia participativa, para que esa reinvención sea decisión y responsabilidad de todos. Y sería una pena no aprovechar la oportunidad. Soy consciente de que este artículo es asquerosamente optimista, pero la alternativa no es otra que terminar de entregarle la ciudad a los fondos buitre. Y a lo mejor nos trae más cuenta querernos un poquito.
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